Todo este jazz

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Vaya por delante que el jazz no es lo mío. Iré todavía más lejos: creo que no entiendo y que seguramente jamás entenderé el jazz, por más que ciertos escritores jazzy —como Kerouac, Ellroy, Cortázar, Vian y Murakami— ocupen sitios preferenciales en mi biblioteca y que sí entienda lo que ellos hacen cuando se refieren al jazz o lo aplican a su literatura. Tal vez el jazz sea un virus al que algunos son inmunes. Tal vez nunca me haya recuperado de esa época —finales de los setenta— cuando Weather Report y su receta de jazz-rock azotó sin piedad las costas de mi país de origen. Tal vez, quién sabe, lo mismo le ocurra a otros con el pop de los sesenta o con la música country.
     Lo que no quita que me haya comprado en su momento —y hasta haya escuchado varias veces— las recientes ediciones extendidas de Kind of Blue y A Love Supreme. Dos discos que son, supongo, el equivalente jazzero e inevitable para el pagano-jam de lo que significan para el clásico de superficie La Quinta Sinfonía, Las cuatro estaciones, ese gastado pero eficaz Greatest Hits of 1720 (conteniendo el “Canon” de Pachelbel, el “Adagio” de Albinoni, la “Sarabande” de Handel, y el “Aria para la cuerda Sol” de Bach) y las siempre funcionales Goldberg Variationen a cargo del genial pianista freak Glenn Gould.
     Lo que tampoco quita que los dos libros que el especialista Ashley Kahn dedica a dos de los más grandes momentos de la música moderna, Miles Davis y Kind of Blue: La creación de una obra maestra (Alba, 2002) y A Love Supreme y John Coltrane: La historia de un álbum emblemático (Alba, 2004), me hayan resultado fascinantes como sólo puede fascinar la tan agradecible sensación de que alguien te abra los ojos y los oídos a un mundo nuevo. Sí, ciertas ciencias requieren de ciertas orientaciones; y Kahn se convierte en el más perfecto guía sónico a la hora de decodificarnos los cómos, los porqués, los antes, los durantes y los después (especialmente fascinante resulta todo el episodio con la máquina defectuosa a la hora de prensar las primeras copias de Kind of Blue, que lo convirtió en un disco más rápido de lo que en realidad era consagrándolo, en principio, como el álbum más influyente y al mismo tiempo defectuoso en la historia de la música grabada) de las circunstancias que contribuyeron a la creación de dos perfectos universos negros, giratorios, redondos, y con un agujerito en el medio.
     Lo que hace Kahn para explicar lo inexplicable —el jazz— es una tan curiosa como efectiva muestra de autopsia mecánica y precisa en comunión con una prédica evangélica donde no faltan las metáforas. Un mix que por momentos recuerda a las investigaciones patológicas de Oliver Sacks y por otros la aplicación del método del “Palacio de la Memoria” del jesuita Mateo Ricci a la hora de reconstruir la exactitud de los recuerdos y los sonidos a partir del regreso al sitio exacto donde todo tuvo lugar, de la audición de tapes confidenciales donde se oyen conversaciones entre take y take, del pormenorizado análisis de los contratos de grabación y del diseño de las ya icónicas portadas de ambos discos.
     Conviene precisar que en su retorno a ambas “escenas del crimen” Kahn disfruta y hace disfrutar con la frialdad casi enfermiza de Sherlock Holmes a la hora de reconstruir los solos instrumentales sin por eso prescindir de una más sensible y humana mirada de Dr. Watson. Así, a partir de numerosas y exhaustivas entrevistas a testigos privilegiados y coprotagonistas sobrevivientes de ambos milagros, lo que acaba presentando Kahn es el acabado retrato de dos obras y de dos músicos que se complementan como Yin y Yang pero que obedecen a polaridades opuestas. Y —detalle atendible y a subrayar— queda perfectamente claro por dónde pasan las simpatías de Kahn sin que esto repercuta un compás en su admiración. Miles Davis es así el genial manipulador casi mefistofélico dispuesto a lo que sea para salirse con la suya que, finalmente, no es solamente suya (Kahn no duda en señalar a Bill Evans como el verdadero cerebro intelectual y artífice estratega de Kind of Blue, el disco más vendido en toda la historia del jazz), mientras que John Coltrane aparece como un angelical iluminado —un hombre con una misión, un profeta de saxo flamígero— descendiendo desde las alturas con las Tablas de la Ley para, enseguida, hacerlas música y volver a ascender para entregar su “regalo al Divino”.
     Decir que he leído los dos libros de Kahn con la misma intensidad que me produjeron las mejores novelas —una más urbana y noir, otra más celestial y extática— es, supongo, el mejor elogio posible.
     Y es lícito agregar que no resulta excesivo recorrerlos al menos dos veces: la primera para disfrutar de su admirable talento narrativo, de su pericia crítica y de las formidables fotografías; la segunda como acompañamiento didáctico e iluminador de cada uno de los tracks que comenta.
     Decir que desde su lectura Kind of Blue y A Love Supreme no han dejado de sonar en mi casa es, estoy seguro, una insuficiente pero intensa forma de agradecimiento. Tal vez todavía haya una oportunidad para mí, tal vez no todo esté perdido. ~