Chávez ante su enemigo

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Hugo Chávez Frías, presidente de Venezuela, es una temperatura, un clima que necesita estar constantemente en guerra. Su discurso encendido no puede entenderse sin enemigos. No existe. No tiene sentido. Él ha fundado su liderazgo en la renovación más dramática del neopopulismo latinoamericano. A la altura de los tiempos, ha comprendido que un caudillo de fin de siglo es, en el fondo, una gran industria de producción de emociones.
     Sólo desde aquí puede leerse el desespero del mandatario venezolano por convertir unas declaraciones de Mario Vargas Llosa en un asunto de defensa nacional. Cuando, con el antecedente de un artículo publicado en el periódico español El País, el intelectual nacido en Arequipa volvió a expresar sus preocupaciones sobre el proceso de Venezuela en una entrevista en Nueva York, Chávez reaccionó con una crisis de histeria verbal contundente. Entre otros detalles menores, acusó al "ex peruano" de ser un "intelectual analfabeta" incapaz de "leer la realidad".
     Un tiempo antes, ya había hecho lo mismo con el historiador Elías Pino Iturrieta, a propósito de la desmesura lírica de proponer cambiarle el nombre al país, regalándole el novedoso bautismo de República Bolivariana de Venezuela. En ese momento, Chávez invitó a que los intelectuales venezolanos recorriéramos el territorio y el mundo para darnos cuenta de "la vigencia del pensamiento del libertador". Extraña concepción que supone que el turismo tiene una calidad epistemológica absolutamente insondable.
     Todo esto, sin embargo, reitera la peor tendencia del actual proceso venezolano. El poder bolivariano, legitimado gracias a los cuarenta años de una democracia corrupta e ineficiente, no acepta las diferencias. Vargas Llosa cometió el peor de los pecados: pensar y expresarse de un modo diferente. Frente a Chávez sólo hay dos posibilidades: o la adhesión fervorosa o la alta traición. Todo lo demás ha sido expulsado del reino. "Si Jesucristo viviera —ha sido uno de los últimos diagnósticos del presidente— estaría haciendo campaña a mi favor".
     Chávez requiere vivir siempre en estas batallas. Quizás por eso le tendió a Vargas Llosa una trampa, lo retó a pastar sobre la adrenalina que lo mantiene en el poder. Lo invitó a debatir. Como suelen hacerlo los militares: agrediendo. Quizás, si se hubiera leído Como pez en el agua, no habría cometido tal inocencia, tal ridículo. No se estrena Vargas Llosa en las lides de la miseria política suramericana. No es él un invento reciente del ejercicio de nuestra mejor inteligencia. Mostrar sonriendo su pasaporte, al pasar por Caracas, y administrar sus palabras y su silencio fue más que suficiente para dejar a Chávez solo, frente al espejo, con su único enemigo. –

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