Indefensos, conmovidos, inertes: notas sobre el cuerpo en la nueva era

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La escena muestra a una fila de cinco encapuchados testificando las palabras de su líder en árabe: “Los llenaremos con tumbas de esta manera.” De rodillas, un prisionero con un uniforme naranja se acomoda con las manos amarradas, sin sospechar que uno de sus captores, a su espalda, está extrayendo de su cinturón un cuchillo. El indefenso prisionero es tumbado de lado y decapitado —gritos de terror, el asombro de la agonía, la sangre— no sin cierto esfuerzo para separarle la cabeza del cuerpo. Ésa es la escena televisada, en México, por Canal 40. Nicholas Berg, de veintiséis años, era un negociante en el ramo de las telecomunicaciones que había nacido en un suburbio de Filadelfia y quien, tras volar a Iraq para hacer negocios, fue detenido por la policía de Bagdad durante dos semanas por “actividades sospechosas”. Regresó a su cuarto de treinta dólares la noche, el 602 del Hotel Al-Fanar, y desapareció el 10 de abril. El video de su ejecución anuncia lo que es: “Abu-Musab-Al-Zarqawi asesinando a un americano.”
     En la era que abrió el 11 de septiembre los cuerpos televisados sólo pueden ser de dos tipos: los autosacrificados que anuncian su intención inminente de hacerse estallar y las víctimas mutiladas, carbonizadas, humilladas por un soldado. Si hoy la capacidad de un solo hombre para la destrucción es la misma que antes pertenecía a un batallón completo, el impacto de una sola víctima es el de una derrota militar. No hay terrorismo sin televisión y, en ella, los cuerpos se muestran en el último nivel de la indefensión. Expuestos a todos los males de la guerra terrorista —el aire envenenado, ser usados como misiles, sucumbir en directo—, todos vamos aceptando lo que hace 35 años fuera inaceptable: que el Estado policiaco sea el garante de las libertades. Se le da así la bienvenida a un nuevo control sobre el cuerpo: el video de su imagen en movimiento. Nunca antes los monitores nos vieron más que nosotros a ellos. Sin aviso previo, la vida cotidiana en elevadores, aeropuertos, oficinas, calles, se videograba como criterio último de seguridad. Existe porque lo vemos; si lo vemos, lo tenemos controlado. Y el mensaje es el cuerpo indefenso ya no sólo en la guerra sin fronteras e infinita, sino en todo momento y para nosotros. La cámara de circuito cerrado es la medida de nuestra nueva indefensión.
     La imagen televisada gobierna a base de conmociones. En su encuadre cabe el mundo, sin contexto, sin espacio, puro tiempo. La pátina de verosimilitud que en otro tiempo descansaba en la lógica, y aun en la congruencia, ahora se le deja al tiempo que el encuadre dura en la televisión. Es por ello que el “tiempo real” parece dotar a los sucesos de una materialidad más sustanciosa que la del tiempo que no es en directo. Las personas que son videograbadas en tiempo real parecen, también, más relevantes. Pero el mensaje del cuerpo televisado es el de la conmoción: el escándalo de ver lo que sabíamos que existía —los textos de la prensa describiendo actos de corrupción, por ejemplo— vuelve más real el sentimiento de indignación. De conmoción en conmoción, los escándalos se disuelven unos a los otros, sus ondas expansivas toman giros inesperados en más conmociones, las encuestas van delineando su grado de penetración en las percepciones ciudadanas.
     Tras un siglo en que los marxistas condenaban al capitalismo a una muerte cataclísmica, éste asumió el rostro del Apocalipsis semanal. Conmovidos con cada noticia de urgencia, con cada alerta por un virus nuevo, con un escándalo financiero que pone en riesgo la confianza, hemos ido aceptando como democracia la del tubo de rayos catódicos, a la elección como una confirmación de la encuesta, y a ésta como una confirmación del rating. Quien sepa manejar la indignación y el miedo podrá influir en una decisión democrática. Y, así, nuestros gobiernos provienen, ya no de una masacre revolucionaria como en el pasado, sino de una secuencia de conmociones televisadas.
     Como contraparte participativa —interactiva— de la televisión, internet se presentaba apenas hace unos años como la quintaesencia de la transparencia y la información. Hoy sabemos que en la red nada se conoce: ni el lugar, ni el nombre, ni el género verdadero de quien chatea o sube una página. Es una red de las personificaciones, no de personas. La información buscada no siempre existe, y puede que encuentres “atentados” —un virus que manda correos desde tu dirección, el spam que se encuadra en tu pantalla sin que lo hayas solicitado, la oferta virtual que te envían a tu correo sin que el anunciante conozca tu nacionalidad, idioma, género, o poder adquisitivo— o, simplemente, entres al juego de las personificaciones en el que siempre hay que sospechar, sin intentar jamás tener la verdad sobre las intenciones de quien está del otro lado del servidor. La red es de fantasmas.
     Pero quizás lo más destacable es la inercia del cuerpo interactivo. En el momento de mayor conectividad y velocidad, los aparatos exigen que el usuario permanezca inmóvil. La red exige teclear, picar el mouse, esperar a que se llene la barra de espera cuando se carga o baja información. La red es la ciudad de los sentados. Incluso en las imágenes por teléfono celular, se pretende del usuario la concentración plena: hoy vemos a los rostros inmersos en sus pequeñas pantallas, abstraídos en seleccionar las funciones; el nuevo autismo de comunicarse. Frente a una pantalla, sea de un teléfono, de un sistema de cómputo, o de una televisión, los espectadores miran, estáticos, la nueva conmoción —se expone lo que explota o lo que se descarrila, literal o metafóricamente—, se apasiona con una conexión que dura —en solidaridad, memoria y pasión— lo que tarda en ser borrada por la siguiente. Nuestras nuevas comunidades son sólo temporales e inmóviles. ~

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