“El gorila”, más allá de Kafka

En manos de Brontis y Alejandro Jodorowsky, y más de un siglo después de su aparición, “El gorila” conserva intacta su vitalidad.
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La tentación por la obra de Franz Kafka en el teatro es inagotable, en tanto que siempre está presente de alguna forma. Hay algo en su universo que continúa imantando las tarimas, tanto por su dificultad como por el desafío que implica trasladarlo a escena. La atracción no es tan misteriosa, ya que el propio Kafka fue un asiduo espectador de teatro, como revelan sus diarios. Sin embargo, más que las historias, que usualmente le disgustaban, parecía fascinarle la experiencia que acontece dentro del recinto teatral, por ese estado de ensoñación que emerge desde la oscuridad contenida de la sala. Pero acaso la mayor lección que obtuvo del escenario fue el desmontaje de sentido que puede producir el actor, por esa frontera enrarecida que encarna entre ficción, cuerpo y el propio ejercicio de lo humano.

Kafka pareció extraer de ahí una enseñanza fundamental, sobre la conciencia como extrañamiento y la sospecha de que todo gesto relativo a lo social posee algo de representación, elementos que terminarían por convertirse en sellos definitivos de su obra. Uno de los personajes que mejor lo encarna es el simio Pedro el Rojo de Informe para una academia (1917), quien, tras ser capturado en la selva, recurre a la imitación de gestos, hábitos y aun del habla humana para asegurar su existencia, hasta ganarse un lugar entre los hombres, para quienes, pese a su refinado aprendizaje, nunca dejará de ser motivo de burla o asco.

Quizás por ello este relato ocupa un lugar particular dentro de las múltiples aproximaciones escénicas al autor checo. Aunque el reto de trasladarlo a escena sigue siendo enorme, ya que para escapar de la mera ilustración o de la pesada transcripción de un material que no fue concebido para el teatro resulta necesario ir, de algún modo, “más allá” de Kafka, lo que podría sonar casi herético dada la condición casi sagrada que conserva dentro del panteón literario.

Es justamente en ese horizonte donde se inscribe El gorila, espectáculo concebido por Alejandro y Brontis Jodorowsky, con adaptación y dirección del primero, presentado recientemente en México como colofón de una gira internacional que, desde 2009, ha atravesado distintos lenguajes y geografías. La puesta retoma la anécdota principal y algunos giros dramáticos para conducirlos hacia una reflexión que encuentra afortunadas resonancias con la era contemporánea.

No deja de resultar significativo que su más reciente temporada haya encontrado espacio en el Teatro Orientación Luisa Josefina Hernández de la Ciudad de México, sitio al que Alejandro Jodorowsky permanece ligado por una persistente huella teatral. Durante las décadas de los sesenta y setenta, su paso por México contribuyó a sacudir ciertas formas tradicionales de representación, lo cual tendría un impacto notable en la escena artística posterior y también consolidaría la figura moderna del director teatral. Buena parte de esa estela disidente recién le mereció un reconocimiento institucional con la entrega de la Medalla Bellas Artes 2025 en la disciplina de Teatro.

Dentro de esta herencia escénica se sitúa Brontis Jodorowsky, nacido en México y formado entre distintas tradiciones teatrales europeas. A lo largo de su trayectoria ha trabajado con compañías como el Théâtre du Soleil de Ariane Mnouchkine, además de desarrollar una intensa actividad como actor de teatro, cine y televisión, así como director de ópera y autor literario. Todo ello parece condensarse en escena, donde su interpretación concentra buena parte de la potencia escénica del montaje.

Como en el relato original, la puesta se sostiene sobre la estructura de una conferencia. El simio, al que la adaptación mantiene sin un apelativo específico, comparece frente al público para narrar el proceso mediante el cual abandonó su condición animal y aprendió a integrarse al mundo humano. El recurso funciona también como un dispositivo de exhibición, donde el gorila humanizado continúa siendo observado, estudiado y consumido como espectáculo.

Ahí emerge la verdadera fuerza de Brontis Jodorowsky, cuyas elecciones interpretativas resultan tan precisas como inteligentes. El maquillaje es mínimo y se encuentra apenas acentuado hacia aquello que todavía permanece del simio en el hombre, evitando hábilmente la caricatura zoológica. Existe un cuidado artesanal en su destreza escénica y en cada desplazamiento corporal, donde la simiedad aparece apenas insinuada, como un resto físico que nunca termina de desaparecer del todo bajo la conducta humana. Es por ello que el gorila no aparece aquí como una criatura exótica, sino como una conciencia atrapada en un arduo proceso de adaptación.

La captura, la imitación y la llegada del habla no son presentadas como etapas de una evolución triunfal, sino como el aprendizaje progresivo de un sistema de poder. El gorila aprende a especular, negociar y desear reconocimiento, y al atravesar esos estados se vuelve humano precisamente al incorporar las formas de ambición y dominio que organizan la vida social. Sin embargo, algo del pasado permanece. El personaje continúa añorando esa naturaleza de la cual fue arrancado y a la que ya no puede regresar. Algo de su animalidad se mantiene intacto en la compañera simia con la que comparte las noches, a quien desprecia por recordarle, paradójicamente, aquello que supuestamente añora.

Uno de los vínculos más profundos que la puesta entabla con Kafka es que evita construir una moraleja reparadora y, a cambio, sostiene frente al espectador un espejo incómodo. En la versión de los Jodorowsky existe un énfasis particular en el descubrimiento del vacío de sentido que atraviesa al hábil simio, especialmente en conceptos como la libertad, que termina revelándose apenas como una palabra destinada a llenar el vacío. Si en Kafka esa intuición aparecía como una insinuación pasmosa, Jodorowsky la desplaza hacia una dimensión más explícita, acaso más didáctica, aunque finalmente coincida con el original en su percepción profundamente desencantada de lo humano.

Pero siguiendo una declaración que Alejandro Jodorowsky hizo a Jorge Ibargüengoitia, contenida en una de sus crónicas, donde afirmaba que “en el teatro lo importante es el espectáculo, no el autor”, El gorila encuentra su verdadera potencia en algo cada vez más extraño dentro de la representación contemporánea, la capacidad de sostener una presencia en escena. Brontis Jodorowsky no interpreta únicamente a un simio humanizado, convierte el cuerpo en el territorio donde se vuelve visible la fragilidad del artificio humano, una operación profundamente kafkiana. La inteligencia del montaje no reside tanto en el eco del original o en ciertos subrayados emocionales, sino en sus preguntas sin respuesta y en el trabajo actoral como una forma de pensamiento encarnado.

Parte de lo que la obra deja abierto reside en la nostalgia que el simio conserva por la naturaleza perdida. Esa herida resuena hoy en una época marcada por la devastación ambiental y la ruptura progresiva entre humanidad y entorno, donde el desarraigo deja de ser únicamente existencial para adquirir una dimensión de advertencia contemporánea, acaso irreversible. También resultan atinados los apuntes que la puesta esboza sobre el tiempo y la identidad, particularmente en una época sometida al permanente secuestro de atención que imponen las pantallas.

El gorila, en manos de Brontis y Alejandro Jodorowsky, recuerda que, más de un siglo después de su aparición, el reflejo incómodo que Kafka construyó en Pedro el Rojo conserva intacta su vitalidad. El simio capturado, obligado a imitar una identidad para sobrevivir y progresivamente renuente a su propio origen, sigue admitiendo nuevas resonancias y lecturas, tanto para los creadores como para el público contemporáneo. Quizás porque en esa criatura suspendida entre animalidad y domesticación persiste una pregunta que el teatro todavía no ha terminado de responder sobre nosotros mismos. ~


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