La revolución preferida

Favorito

Eric Zolov

The last good neighbor. Mexico in the global sixties

Durham, Duke University Press, 2020, 424 pp.

Estados Unidos y México sostuvieron en los años sesenta del pasado siglo una de las relaciones emblemáticas de la Guerra Fría. Bajo los gobiernos de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, la nación del norte consolidó una estrategia internacional basada en el anticomunismo, diseñada en la década anterior, pero también avanzó en la extensión de derechos civiles en el plano doméstico. Los sesenta fueron globales no solo por las guerras coloniales e imperiales, los procesos de liberación nacional o las alianzas tercermundistas sino por una contagiosa cultura de la emancipación.

Para las dos administraciones demócratas que abarcaron aquella década, el vínculo con México se volvió una prioridad en medio de la radicalización de las izquierdas latinoamericanas que alentaba la Revolución cubana. Para las presidencias de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, la relación con Estados Unidos era, en buena medida, un modo de acreditar la pertenencia de México al “mundo libre”, a la vez que se rechazaba el bloqueo contra Cuba y la expulsión de la isla de la OEA.

Kennedy viajó a México en junio de 1962 y Johnson en abril de 1966. Al primero lo recibió López Mateos y al segundo Díaz Ordaz. En ambas ocasiones, las declaraciones de altos funcionarios del gobierno o del PRI intentaron capitalizar el sentido de las visitas como un aval al carácter “democrático” del régimen mexicano. El presidente de la Comisión Permanente del Congreso, Rómulo Sánchez Mireles, dijo en 1962 que la visita de Kennedy era una “comprobación de la libertad que priva en nuestro país y que permite hacer uso sin restricciones de ella” (Diario de México, 29/6/1962).

En un artículo titulado “La política exterior de México”, en la revista Foro Internacional de El Colegio de México, poco antes de la visita de Johnson, el canciller Antonio Carrillo Flores sostenía que la coherencia de la diplomacia mexicana podía ilustrarse con el respaldo a la Alianza del Progreso, mientras se rechazaba el “envío de una fuerza interamericana a República Dominicana”, promovida por la OEA, “cuya característica principal es la peculiar y abrumadora falta de equilibrio de las fuerzas que la componen” (Foro Internacional, volumen vi, números 2-3, 1965-1966).

Al tema de las intrincadas relaciones de México y Estados Unidos en la Guerra Fría se han dedicado estudios clásicos, pero el libro más reciente del historiador Eric Zolov, graduado de la Universidad de Chicago y profesor de la Universidad de Stony Brook, abre las rutas de interpretación hacia zonas poco exploradas. A Zolov le interesa la peculiar relación entre estos países para repensar la forma en que ese vínculo se veía acotado y, en gran parte, justificado por otros con potencias distantes o naciones vecinas, como la Unión Soviética, China y Cuba. Aquel ajedrez de la Guerra Fría, sostiene el historiador, involucraba también el desplazamiento de una zona de la izquierda mexicana hacia posiciones descolonizadoras y tercermundistas, además de la práctica de un internacionalismo diplomático, que reafirmaba a México en la estela de la Conferencia de Bandung y el Movimiento de Países No Alineados.

Zolov recorre con maestría esas dimensiones de la política exterior mexicana, pero lo hace sin descuidar la gran transformación que se vive en la cultura política progresista del país. Un tema que interesa centralmente en este libro es la Nueva Izquierda mexicana que el autor entiende, muy acertadamente, a partir de los textos clásicos de E. P. Thompson y C. Wright Mills de fines de los cincuenta y principios de los sesenta. La Nueva Izquierda sería, de acuerdo a esa interpretación, un desplazamiento ideológico global que buscaba una renovación de la lucha contra el capitalismo y el imperialismo, tomando distancia del marxismo-leninismo soviético, acercándose a los movimientos de liberación nacional e incorporando nuevos sujetos políticos como los campesinos, los jóvenes y las mujeres.

Zolov encuentra en el Movimiento de Liberación Nacional (MLN) cardenista aproximaciones a la Nueva Izquierda en el México de los sesenta. Como Renata Keller, Elisa Servín, Beatriz Urías y otros historiadores, observa en las posiciones del MLN y de algunos de sus promotores, como Heberto Castillo, Manuel Marcué Pardiñas y Carlos Fuentes, un llamado a descongelar la Revolución mexicana por la vía de la solidaridad con Cuba y los procesos descolonizadores del tercer mundo. Ese giro tanto interno como geopolítico llevó a muchos miembros del MLN a defender un socialismo que, según unos, debía adoptar elementos del modelo cubano y, según otros, debía diferenciarse del paradigma soviético.

El MLN y el propio Cárdenas, desde sus vínculos con el Consejo Mundial por la Paz y su viaje a la URSS, Europa del Este y China a fines de los cincuenta, se sumaron al espíritu de Bandung y convocaron a una Conferencia Latinoamericana por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz, en México, en 1960, que fue, de alguna manera, un antecedente de las reuniones de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) y la Organización de Solidaridad con los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), realizadas en La Habana a mediados de la década. De hecho, el MLN, representado por Heberto Castillo, tuvo una participación protagónica en aquellas reuniones que dieron lugar al proyecto de la Tricontinental.

Zolov no explora otras posibles regiones del socialismo mexicano donde hubo acercamientos a la Nueva Izquierda, como las guerrillas, el movimiento estudiantil o la obra de José Revueltas, pero sí se detiene en la forma en que los gobiernos de López Mateos y Díaz Ordaz desplegaron un internacionalismo de Guerra Fría que dilataba la capacidad de interlocución y liderazgo de México en América Latina. Un liderazgo que se afincaba en el hecho de que gracias a sus vínculos fluidos con Estados Unidos y el bloque soviético, con China, Cuba y Europa Occidental, México había eludido extremos latinoamericanos como las dictaduras militares o la expansión de las guerrillas.

En el abuso de ese equilibrio el régimen mexicano se fue volviendo más autoritario, conforme avanzaba la década, y la propia Nueva Izquierda se fue escorando hacia una moderación que llevó a algunos –no todos– al rechazo al movimiento estudiantil y al apoyo al relanzamiento del internacionalismo y el tercermundismo oficial con el gobierno de Luis Echeverría en los setenta. Esa mutación fue alentada por una visión del régimen mexicano como “revolución preferida”, en una poderosa corriente académica, intelectual y diplomática de Estados Unidos, que veía a México como contención geopolítica del socialismo cubano.

Zolov cuenta esa deriva sin llegar plenamente al 68 que, en buena medida, fue la encrucijada final de aquella década en México. Pero siempre vale recordar que aquellas contraposiciones entre una revolución mexicana buena y una cubana mala, tipo Frank Tannenbaum, Carleton Beals o Stanley Ross, suscitaban, como reacción, verdaderas caricaturas de México y apologías de Cuba en historiadores soviéticos como B. T. Rudenko, N. M. Lavrov y M. S. Alperóvich. Mientras más se alineaba Cuba con la URSS y el socialismo real, en los setenta, aquel choque de estereotipos también arraigó en el campo intelectual mexicano. ~

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