Un fantasma descorre el mundo

Un fantasma recorre el mundo. Cómo funciona la máquina de guerra reaccionaria (y qué podemos hacer para enfrentarla)

Pablo Stefanoni

Siglo XXI

Buenos Aires, 2026, , 256 pp.

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En La hora de los depredadores (2025), el libro que Giuliano da Empoli dedicó al ascenso de la nueva tecnocasta en la política global (Musk, Zuckerberg, Bezos, Pichai, Cook, Chew, Altman…) y sus conexiones con líderes como Putin, Trump, Bukele, Milei, Le Pen o Weidel, las páginas iniciales están dedicadas a pensadores de la política moderna como Maquiavelo y Ortega, Maistre y Malaparte. Esas lecturas resultaban ineludibles para uno de los objetivos centrales del libro: confrontar el legado de la filosofía clásica del poder con la realidad de los nuevos consejeros de Silicon Valley y Shenzhen.

Concluía Empoli que, en su rechazo a los letrados y los políticos tradicionales, los nuevos asesores de la alta tecnología privilegian a los empresarios o líderes que conduzcan el mundo siguiendo la lógica de Wazey otros programas de navegación y tráfico en tiempo real. Mientras más rápido se alcance una meta –no en la realidad misma, sino en la percepción de esa realidad por parte del mayor número de personas– más eficaz es el líder o su partido. La evidente inclinación de los tecnomagnates por las nuevas derechas responde a la simpleza discursiva y el impacto inmediato de sus políticas.

El historiador argentino Pablo Stefanoni, autor de ¿La rebeldía se volvió de derecha? (2021),un libro que reconstruyó las redes globales del nuevo derechismo, que en menos de una década ayudaron a perfilar los liderazgos de Viktor Orbán en Hungría, Jair Bolsonaro en Brasil o Donald Trump en Estados Unidos, escribe ahora otro volumen, que se ocupa, específicamente, de una de las dimensiones de ese fenómeno: las llamadas “guerras culturales” contra el wokismo, el multiculturalismo, los marxismos y la denuncia de los genocidios en diversos contextos internacionales.

La guerra cultural, un viejo mecanismo reactivado por las nuevas derechas, descorre el fantasma del gran giro reaccionario de nuestra época. El historiador argentino identifica un gesto en las nuevas derechas latinoamericanas (Bolsonaro, Milei, Bukele, Kast…), impulsadas por escritores e influencers como Agustín Laje y Axel Kaiser, que consiste en tomar distancia de las derechas tradicionales. Para esos liderazgos, tan importante como localizar a sus enemigos en una caricatura de las izquierdas, despojadas de toda variedad y vocación democrática, es diferenciarse de derechas previas, como las liberales o neoliberales.

Para enfrentar a los “progres” o los “zurdos”, categorías que rebasan los significados del comunismo o el populismo, las viejas derechas de las transiciones democráticas de fines del siglo XX, con sus énfasis en el pluralismo o la gobernabilidad, se volvieron inoperantes. Era preciso salir, de hecho, de la disputa propiamente política, parlamentaria o partidista, y dar el salto a la batalla cultural, cuestionando toda moralidad en la izquierda.

Las redes sociales ofrecían, en ese sentido, el campo de batalla idóneo, por su capacidad de movilización afectiva y automática. La guerra cultural tenía como objetivo convertir Facebook, Twitter e Instagram en una especie de Stalingrado digital, en el que quien asoma la cabeza cae fulminado. Al desplazar a la moral y la cultura el pugilato político era posible asociar a la izquierda con la hipocresía y la demagogia, la corrección política, el globalismo, la ecología y los discursos identitarios en términos de raza, género y sexualidades.

El wokismo aparecía entonces como un significante más abarcador que el de “marxismo cultural”, que se utilizó durante el despegue de las nuevas derechas, hace una década. No duda Stefanoni de que hay en la lógica woke, llevada al extremo, una distorsión de las demandas centrales de las izquierdas históricas, que buscaron la igualdad de derechos y la justicia social. El deslinde absoluto de reivindicaciones en el mundo woke genera una disonancia con las tradiciones populistas y socialistas de las izquierdas.

Esa misma disonancia facilita el rescate del fascismo en las nuevas derechas. Ciertas reacciones a lo que no pocos perciben como un “apocalipsis woke”, desde la derecha, desembocan en una reivindicación de la desigualdad social, el supremacismo blanco, el genocidio esclavista, el apartheid en Sudáfrica, los imperios coloniales atlánticos y, desde luego, la dominación de Israel en los territorios palestinos. Todos esos flancos de las nuevas derechas actualizan la tradición fascista, pero el debate sobre qué tanto pueden ser definidos esos movimientos y liderazgos actuales como fascistas sigue abierto.

Stefanoni repasa la rica literatura contemporánea sobre el fascismo (Paxton, Gentile, Traverso, Mosse, Herf…) y se inclina más por interpretaciones del fascismo apegadas al contexto de los años veinte a los cuarenta del siglo XX, en los que serían clave ciertos fenómenos como las guerras europeas o el comunismo y el anticomunismo históricos, posteriores al triunfo de los bolcheviques en Rusia y la creación de la Unión Soviética. Tanto en el fascismo italiano como en el nazismo alemán había un conservadurismo revolucionario o un utopismo reaccionario de mayor intensidad que los que, retóricamente, articulan las ultraderechas de hoy.

Aun así, Stefanoni encuentra un punto de contacto fundamental entre aquellas y estas derechas, que también compartió el neoconservadurismo estadounidense en la época del “choque de las civilizaciones” y la “guerra contra el terror”. Me refiero a la idea de una “decadencia de Occidente”, en general, o del ocaso de la edad dorada de cada nación, Argentina o Estados Unidos, Brasil o Francia, Chile o Hungría, donde el fenómeno del extremismo de derechas arraiga.

Donald Trump en Estados Unidos, Boris Johnson en Gran Bretaña, Jair Bolsonaro en Brasil, Javier Milei en Argentina o Viktor Orbán en Hungría capitalizaron con alto rendimiento la idea de una pérdida de grandeza de sus naciones. Otra de las muestras de permeabilidad del populismo fue la constatación de que esos discursos eran igualmente identificables en gobiernos ubicados a la izquierda, como los de Nicolás Maduro en Venezuela, Andrés Manuel López Obrador en México o Gustavo Petro en Colombia, que constantemente aludían a las gestas independentistas del siglo XIX o al pasado de los pueblos originarios como periodos de esplendor en las historias nacionales, que debían ser recuperados.

Otra de las zonas discursivas en la que Stefanoni encuentra una fisura de gran relevancia entre las derechas fascistas y los nuevos extremismos tiene que ver con el sionismo y el antisemitismo. Jean-Marie Le Pen, el líder histórico del Frente Nacional en Francia, era anticomunista, pero también antisemita. Su hija, Marine Le Pen, que hoy gana cada vez más poder en la política francesa a través de la Agrupación Nacional, es igualmente anticomunista, pero apoya a Israel y a Benjamín Netanyahu, al igual que las y los líderes de Alternativa para Alemania, la organización de extrema derecha respaldada por Elon Musk.

Las extremas derechas europeas comparten un “sello kosher”, dice Stefanoni, y en varias de ellas se mezclan la islamofobia y el sionismo, el iliberalismo euroescéptico y la denuncia de la mentalidad antisemita, que durante mucho tiempo eran atributos de los marxismos y los socialismos. Algunas de sus líderes, como la propia Le Pen y Alice Weidel, dirigente de Alternativa para Alemania, combinan el apoyo a Israel y Netanyahu y la simpatía por Vladímir Putin y la autocracia rusa, que perciben como una fuente de energía a través del gas natural e, incluso, como un aliado militar que puede ayudar a Alemania y a Francia a independizarse de la OTAN y de la Unión Europea.

En las páginas finales de su libro, Stefanoni describe con agudeza la mutación del sionismo en el espectro ultra de las ideologías conservadoras del siglo XXI. El sionismo oficial, que en sus orígenes tuvo conexiones socialistas, deriva, de acuerdo con glosas de Masha Gessen y Charles Enderlin, en un nacionalismo judaico cerrado, colonial y racista, que reproduce no pocos rasgos de los totalitarismos del siglo XX, los cuales formaron parte de la plataforma doctrinal contra la que se movilizó la creación del Estado de Israel.

En América Latina, luego del primer ciclo autocrático de las dos primeras décadas del siglo XXI –liderado por las izquierdas, especialmente por las del polo bolivariano–, avanza otro conectado con la ola derechista global desde hace una década, por lo menos. Los elementos reeleccionistas, dinásticos y despóticos del primer ciclo autocrático ya se hacen perceptibles en el segundo, a través de poderes cada vez más concentrados en países como El Salvador, Ecuador, Argentina y Brasil. ~


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