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Diario infinitesimal

Árbol arriba

Árbol arriba, todo va cobrando esbeltez, delicadeza y cierto primor infantil, en los renuevos inciertos, henchidos de futuro: Son las hojas más altas las que alcanzan a ver más lejos.

No hay dos árboles iguales, no hay dos hojas ni dos ramas iguales, en el árbol todo es individualidad. Mas, pese a tanta singularidad, ¿qué árbol ostenta ese nombre propio que exhiben como si nada pericos, cerros, ríos, estrellas, caballos de carreras u ondulados desiertos? Pero, no faltan árboles bautizados: en alguna parte leí que José Revueltas bautizó un árbol cuyas ramas rascaban los vidrios de la ventana de su apartamento, lo llamó Sánchez, Árbol Sánchez, y así lo saludaba cuando en la tarde regresaba a la casa.

Claro está que figura en nuestra mitología arbórea el militar y desastrado Árbol de la Noche Triste, al pie del cual lloró Cortés (cuando se enteró de que la retaguardia de sus tropas había sido aniquilada). Pero su elocuencia, más que botánica, es histórica y militar.

Y también está el Árbol del Tule, bien plantado y más hermoso a la vista que cualquier obra humana.

Árbol arriba, decíamos, todo va cobrando un primor esbelto, melindroso, ágil: si de algo se distinguen estas bailarinas, es del tronco fijo, retorcido atleta, todo él seriedad y sentido de responsabilidad.

Observa el viaje de la rama: una al comienzo, luego dos, y en cada una de esas dos surgen otras dos; ¿qué dice esa proliferación? Que cada fragmento de árbol es árbol, árbol, árbol y está completo, porque, como se dice que en cada fragmento de la hostia está la hostia entera, en cada trozo de la rama está todo el árbol. Es decir, cada fragmento podría ser criatura autónoma. El árbol, en famoso término de Anaxágoras, es homeómero (el ejemplo consabido es: La carne es homeómera porque cada pedazo de carne es carne, la mano no es homeómera porque los pedazos de mano no son mano). Anaxágoras creía que de estas homeomerías están hechas las cosas.

Sigamos. Árbol arriba ondean susurrando los renuevos en la fresca brisa de la tarde que cierra, han dicho, como rey oriental o como tigre, y mientras se menean en lo alto los flexibles botones pareciera que incurren en botánicos ensueños y devaneos. Pero no importa porque allá abajo el paquidérmico tronco permanece en su sitio, con los pies en la tierra, inamovible. No tiene gracia este Atlas pero si no fuera por él nada se habría erigido.

Así está asentada y monumental, como deidad antigua, verde el cabello largo y lacio, enorme, el multifamiliar de clorofila. Más de dos mil años lleva a veces su construcción y no tiene aún para cuándo acabar. ¿Qué ambición botánica desaforada ha guiado la lenta obstinación de estos cabezones, de estos budas en meditación, de estos gordazos?Ninguna ambición, el árbol es un santo. No hay en él inclinaciones turbias ni malos deseos, porque el álamo refinado y corpulento cabe entero en la diminuta semilla de donde brota. Ahí está todo él, solo le resta esperar.

El árbol es como el starets Zósima en Los hermanos Karamázov de Dostoievski que da razón de su santidad recordando que de joven entregó su voluntad propia a su maestro y resolvió desde ese momento apagar todo empeño y limitarse obedecer. El árbol, como el memorable santón ruso, es todo él obediencia.

Sermón de bolsillo: y por eso el árbol es lección viviente a la veleidosa inquietud de los artistas. Aunque el artista es criatura lamentable torturada por sueños de grandeza, donde ambiciona llegar a esto, a lo otro, en lo profundo de él mismo sabe que sus posibilidades están todas dadas desde el arranque, en su semilla estética, podemos decir, y que no va a llegar más lejos de lo que estaba ahí dispuesto. Pero el artista se subleva y trata de escapar a su destino. Un ocote tratando de ser un refinado almendro. Y se desvela y lucha, pero no, no puede escapar a su fatalidad estética. Mejor sería mostrar agradecida conformidad por el talento, que es escaso, pero gratuitamente recibido, como muestra el árbol.

 Árbol arriba las ramas entonan su melodía: Nos mecemos suavemente en lo alto de los tilos de la carretera blanca. Nos mecemos levemente por sobre la caravana de los que parten y los que retornan. Unos van riendo y festejando, otros caminan en silencio. Peregrinos y mercaderes, juglares y leprosos, judíos y hombres de guerra: pasan con presura y hasta nosotros llega a veces su canción. ~

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Comentarios (1)

Mostrando 1 comentarios.

Estimado Señor:

Encontré su hermosa reflexión al estar meditando acerca de las diferencias que nos hacen únicos. Pero más, acerca de la forma en que se llega a la individualidad que es lo que nos hace únicos. Las motivaciones son relevantes, se puede uno hacer diferente de otro por un trabajo calculado, frío y falso acerca del efecto de uno en los demás. O puede uno recorrer el camino de conocerse, reconocerse y abrazarse; eso más sano y real también resultará en la construcción de la personalidad propia, pero sin menoscabo de integridad, de -como apunta usted en su artículo- de homeomeridad, pues cada pedazo de espíritu, es espíritu. 

Me dije: "No hay dos árboles iguales" pensando justamente que ellos, los árboles, son. Auténticamente, sin cálculo, sin vanidad, sin pretensiones, como usted dice: son como santones.

Por último, me hubiera gustado se sostuviera en su reflexión propia sin tener que citar a Dostoyevski. Su aportación me ha gustado más que mucho de Don Fedor.

Muchas gracias,

Mauro 

 

 

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