Contra el misticismo en la política

Madero murió asesinado en 1913, junto con la democracia mexicana, y tuvo que esperar 84 años para comenzar a revivir. Enrique Krauze revisa su propia filiación maderista, y critica: la confusión de Madero entre el misticismo y la libertad, que derivó en una cruenta revolución, costó muy cara al país.

Devoción

Francisco I. Madero ha ejercido sobre los mexicanos una fascinación permanente y yo no he sido, en modo alguno, la excepción. Su vida y martirio me siguen pareciendo conmovedores. Y, sin embargo, en mi caso la imagen política y moral de Madero se ha ido transformando a lo largo del tiempo y las circunstancias. Esa cambiante imagen es prueba de que el pasado no está fijo: el pasado es reflejo de los sucesivos presentes.

Mi primer “presente” ocurrió en el pasado remoto, hace exactamente cincuenta años, en el quincuagésimo aniversario de la Decena Trágica, al leer en “El Gallo Ilustrado” (excelente suplemento literario del periódico El Día) una detallada relación de los hechos escrita por Juan Sánchez Azcona. Me condolí por la tragedia de aquel hombre bueno, sacrificado por los militares con la colaboración del embajador yanqui. No sabía mucho del Madero revolucionario ni del Madero presidente: mi primer contacto con él fue el de un devoto con un santo martirizado.

Poco después de participar en el movimiento de 1968 y confrontar con mi generación la cerrazón política y la brutalidad militar del régimen de Díaz Ordaz, compré a un vendedor de libros viejos un volumen grueso y pequeño, bellamente encuadernado en piel, que aún atesoro: Los últimos días del presidente Madero, escrito por el embajador de Cuba en México Manuel Márquez Sterling. Me indignó el pasaje sobre la celada de Huerta a Gustavo Madero y, muy en particular, su terrible muerte en La Ciudadela: en medio de vejámenes atroces, al pobre Gustavo le vaciaron su único ojo útil antes de acribillarlo. Y junto a él murió el fiel almirante Adolfo Basso, cuya melancólica fotografía encontré en los libros de Casasola, otra de mis fuentes primeras de acercamiento a ese episodio. Pero nada igualaba el lento drama de Madero, al que Márquez Sterling visitó en la mazmorra de Palacio Nacional donde lo mantuvieron preso. En un súbito instante de esperanza seguido de un abatimiento final, le dijo a Márquez Sterling: “Ministro [...] si vuelvo a gobernar me rodearé de hombres resueltos que no sean medias tintas [...] He cometido grandes errores. Pero [...] ya es tarde.” Había muerto Gustavo y Francisco ignoraba los hechos. De pronto, Madero pidió que alguien fuera por los periódicos. Pero el embajador lo disuadió con algún pretexto. Madero le dijo: “Entonces consiéntanme dormir la media hora de sueño que aún debo a mi costumbre...” Escribe el embajador: “Y se envolvió en el sudario de Gustavo.”

A partir de 1970, a través de la obra de Daniel Cosío Villegas, estudié la línea que va de los liberales de la Reforma a Madero. El propio Cosío Villegas se veía como un descendiente “puro y anacrónico” de esa menguante tradición mexicana. A ese temple y a esas convicciones correspondía el párrafo inapelable que dedica a la idea maderista de la libertad en “La crisis de México”:

Hay que reconocer ahora, después de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, y no deberá olvidarse jamás, que la inocente tesis de Madero fue capaz de echar a la hoguera a varios millones de hombres que murieron defendiendo un pensamiento semejante.

En octubre de 1982, tras el desastre financiero de López Portillo, varios liberales pensamos que nuestro país debería retomar aquella “inocente tesis de Madero” y ensayar, por primera vez en casi setenta años, la alternativa democrática liberal. Casi al mismo tiempo comencé la elaboración de un ensayo biográfico sobre Madero.

Hubo algo mágico o místico en esa aventura. Doña Renée González Salas, sobrina de Madero, me recibió en su casona de San Ángel porque quería mostrarme un tesoro inédito que muy pocos ojos habían visto: eran los cuadernos espiritistas de Madero. Escritos de su puño y letra, esos cuadernos de formato escolar (achurados, de papel keratol y percalina) contenían todos sus ensueños (o revelaciones) espirituales: su diálogo con su hermanito Raúl (muerto cuando cayó sobre él una lámpara de  queroseno), sus intercambios con Benito Juárez y, sobre todo, sus diálogos con los espíritus que le mostraron el camino de la redención, la suya y la de México. Doña Renée tuvo la confianza de prestármelos y dediqué noches enteras a leerlos. No era difícil sacar la conclusión de que  Madero era un iluminado.

Con esa hipótesis biográfica escribí Francisco I. Madero, místico de la libertad. No veía entonces contradicción alguna entre ambos términos. Por el contrario: me parecían complementarios. Sobre Madero existía ya entonces una considerable bibliografía (Stanley Ross, Bonillas, Taracena, Valadés, etcétera), pero no una biografía definitiva. Y no la hay hasta ahora, a pesar de que su archivo (disperso entonces en varias colecciones privadas y públicas, como Hacienda, el INAH y Condumex) ha sido ya prácticamente integrado por sus descendientes.

Trabajé ese libro como quien compone la vida de un santo. Había una pureza absoluta en el personaje, una fe  sin fisuras, no una fe cristiana propiamente, sino una  fe personal que buscó diversas maneras de ejercerse y manifestarse. Esa era la clave biográfica de Madero, la fe que lo inspiró a mover montañas. Aunque el libro aborda los otros aspectos de su trayectoria inicial (el excéntrico nieto del patriarca Evaristo, el industrioso empresario del Nazas, el hacendado franciscano, el inspirado liberal), creí entonces –y aún lo sostengo– que el espiritismo y las lecturas hinduistas obraron en aquel personaje una transfiguración similar a la de los libros de caballería sobre don Quijote. El ensayo refiere de manera  esquemática la innovadora campaña, la preparación revolucionaria y el estallido mismo. El interregno de León de la Barra aparece como un preludio de una tragedia anunciada, la gestión de Madero como un período incomprendido de democracia plena, y el martirio como un desenlace fatal, aunque nublado por el misterio: ¿por qué cedió el poder a Huerta, a sabiendas de su trayectoria? Esa fue, y sigue siendo, la pregunta íntima que me inquieta. Y su respuesta es imposible, insondable.

Pasaron los años. En 1993, en el octogésimo aniversario de su martirio, publicamos Madero vivo, una colección de fotografías, inéditas muchas de ellas. Aún estaba lejos la democracia mexicana, y quisimos hacer un llamado moral para recordar que la alternativa seguía pendiente. En 1996, cuando la transición se puso en marcha, reeditamos La sucesión presidencial en 1910 que buscaba hacer justicia a esa obra precursora de la Revolución que el propio Cosío Villegas consideraba meritoria.

Ese mismo año tuve una inolvidable experiencia no espiritista pero sí espiritual. Visité Parras, Coahuila, la tierra natal de Madero. Aquella mañana, a la vista de los sabinos venerables, recorrí aquel oasis en el desierto, los viñedos del siglo XVI, la Hacienda del Rosario y avisté la lejana capilla del “Santo Madero”, que supuestamente aloja una reliquia de la cruz. De pronto, llegué a la casa natal del “Apóstol de la democracia”. En algún sitio he relatado la sorprendente escena: la mesa estaba impecablemente puesta con la misma vajilla que la familia había usado un siglo atrás. Los relojes se detuvieron a mirarnos, se escuchaba música de la época y, por un momento, sentí que se aparecería el espíritu del héroe para charlar con nosotros.[1]

Poco después acudí a una de esas tumultuarias y alegres reuniones familiares de los Madero en Parras, Coahuila. Cientos de descendientes de don Evaristo se reúnen cada cuatro o cinco años para recordar, a la vera del gran sabino, a ese venerable sabino que fue papá Evaristo. Allí recordé la permanente devoción de José Vasconcelos por Madero, una devoción tan grande que en los últimos años de su vida lo impulsó a escribir la biografía de don Evaristo. (Devoción contradictoria, por lo demás, porque Vasconcelos entonces llevaba años de apoyar regímenes dictatoriales.) Sea como fuere, allí surgió la idea de integrar los archivos familiares, desde don José Francisco Madero (el padre de Evaristo) hasta Francisco y sus hermanos. La obra que empezó entonces (bajo la responsabilidad de Manuel Guerra) está muy avanzada, y a partir de ella el propio Guerra escribió un buen libro sobre los primeros Madero: La saga liberal.

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Comentarios (9)

Mostrando 9 comentarios.

Cada vez que leo respecto a la decena tágica, siento mucha tristeza por lo que pasó con Francisco y Gustavo Madero pero sobre todo con lo que pasó con México después de su muerte.

 

Cuando uno compara la historia de México con la de Estados Unidos, lo que siempre queda es todas las oportunidades perdidas que hemos dejado en el camino a cambio del aprovechamiento de las mismas de parte de los Americanos.

Ojalá no sigamos desperdiciando más oportunidades y honrremos el sacrigicio de los hermanos Madero y de sus familiares mas cercanos, así como de muchos otros que han buscado mejorar nuestro País.

 

Gacias, por este artículo y por las cartas que publicó Manuel Guerra, que cada vez que las leo lo siento como si estuviera viviendo la tragedia y la decena trágica en vivo.

 

Considero que el ser humano es un ser completo que no puede deslindarse de su espiritualidad para hacer política a manera de disociación, por eso nos parecen incompresibles ciertas acciones de un personaje como Madero, porque ahora dividimos todo en departamentos, cuando resolver una situación de esclavitud y explotación es una cuestión moral, no solo política y el actuó sabiendo que hacía lo correcto al perseguir la democracia, lo triste es que su sacrificio sea pisoteado una y otra vez al olvidarse la historia por la multitud que permite que ciertos políticos se burlen de esos actos heróicos y quiera instaurar de nuevo regímenes obsoletos y esclavistas, preguntarse qué habría pasado si no hubiera sido asesinado, es como preguntarse qué habría pasado con el PRI si no hubiera sido asesinado Colosio, siempre hay un asesino acechante cuando el objetivo es la mejora del pais, personajes obscuros como Huerta surgen de las cloacas y se encargan de evitar que el bien prevalezca, al final sí es una lucha entre el bien y el mal...

Creo que el problema de no encontrar "La Reforma" como un camino viable tuvo que ser para Madero un problema contradictorio para con sus convicciones, sin embargo el contexto de la Epoca y la menera de asimilar el poder por medio de la fuerza y la belicosidad eran ya una variable bastante fuerte. Entiendo perfectamente que en el mundo de los "hubiera" La democracia Mexicana podria haber tenido un crecimiento abismal con el que en realidad tenemos o tuvimos, es sin duda increible imaginar caminos paralelos y establecer los precedentes y parametros para materializar en la imaginacion una Patria democratica e inovadora. Excelente Articulo, muchas gracias

Krauze está dejando de lado el papel de historiador para tomar uno más interesante, el de escritor.

Las posibilidades pudieron ser muchas y de muy variados resultados. Sin embargo, "aquí nos tocó vivir". Me gusta su articulo solo porque se permite soñar con las posibilidades y eso, personalmente, es más sano que solo ser investigador y relator de sucesos. Tal vez ya sea momento de dejar de ser simples espectadores de la Historia y poner nuestra mente a soñar con las posibilidades.

¿En serio, cree usted  que pudo darse la Reforma Agraria SIN la Revolución? Esperaría un insinuación tan ingenua en un trabajo de preparatoriano, no en un artículo de uno de los más esclarecidos intérpretes de nuestra historia, que eso es usted. Pero si quiere, lo discutimos. 

 

Reforma Agraria que es la responsable del gran atraso del campo en este país y de su baja productividad, sólo algunos ejidos se volvieron prouctores exitosos, la atomización de los terrenos cultivables ha imposibilitado su tecnificación o por lo menos que resulte rentable utilizar maquinaria en estos. La Reforma Agraria, uno más de los mitos revolucionarios, igual que el petróleo, las conquistas laborales y la educación, entre otros, pura construcción del mito mexicano durante el periodo 1930-1970.

Basta con aventarse un clavado a Wikipedia. Si uno busca la palabra "Ejido", pilar de la reforma agraria, encontrará que es descrito como un sistema antiguo de explotación agrícola y mencionan que México lo mantiene casi como dato curioso. La verdadera reforma agraria, que ponga al campo nacional a la altura de la competencia mundial, aún nos falta. 

Excelente artículo... No es el tema pero tengo curiosidad:
¿Cuáles eran esas lecturas "hinduistas"?

Krauze claramente pinta una escenario, incluso en el de las posibilidades y potencialidades, en el que no existen poderes fácticos amenazadores, intereses egoístas y mezquinos e individuos perversos o peligrosos. Es un ensueño fascinador.

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