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La torre y el jardín

Alberto Chimal

La torre y el jardín

México, Océano, 2012, 424 pp.

Alberto Chimal, nacido en Toluca en 1970, es uno de los más tozudos entre los narradores mexicanos. Sin ninguna clase de vacilación ha hecho de la literatura fantástica su dominio, cultivando el cuento en varias de sus maneras, destacando en las microficciones y convirtiéndose, para los devotos del género, en un gurú bien dispuesto a protagonizar, en la red, un magisterio activo y, como es obvio, virtual. No ha temido sufrir de esa atrofia de la universalidad que implica la elección, tempranísima en su caso, de ejercer como practicante, menos que de la literatura, de un género. Pocos de los más notorios maestros de lo fantástico son, sencillamente, grandes escritores admitidos sin reservas ni etiquetas en el canon: Maupassant, Kafka o Borges además de haber escrito piezas perfectas en el género, fueron –permítaseme el barbarismo– “generalistas” de la condición humana. No se puede decir lo mismo, me temo, de autores como Verne, Lovecraft, H. G. Wells o Tolkien, a los que yo debo emociones prolongadas e imborrables pero a quienes vacilaría yo en incluir en mi equipaje para la isla desierta. Los escritores solamente fantásticos (e incluyo bajo el rótulo, aunque se escandalicen los fanáticos de los mil y un géneros, a la Ciencia Ficción y a tantas epopeyas, artificiales o subrogadas, que de ella dependen) pertenecen al gremio de los eternos inmaduros y viven, inmóviles, en el país de la infancia perdida. Podemos, si somos muy afortunados, volver a ellos mediante la relectura pero será cosa ardua de lograr traerlos a nuestro lado durante las edades críticas de la vida, como ocurre con los verdaderamente grandes.

Esta atrofia, ese infantilismo, es llamativa en autores como nuestro Chimal. Ha sabido ser un buen manufacturador de historias en Gente del mundo, en El país de los hablistas, en Éstos son los días, en Grey (publicados entre 1998 y 2006), agregando curiosos  pies de página a la enciclopedia universal de los seres imaginarios. Algunos de sus cuentos ocupan su sitio con donaire en las antologías fantásticas de la lengua, haciéndoles buena compañía a los de Arreola y Tario, lo mismo que a los de Mauricio Molina y Verónica Murguía, para mencionar a dos narradores de su generación. Pero a Chimal siempre lo delata, sea Michaux, Frank Herbert o Tolkien, el maestro antiguo al cual le brinda su talento mimético. Quizá no sea un problema suyo sino del género.

Con La torre y el jardín las proporciones se agigantan escandalosamente: estamos ante su segunda novela, más de cuatrocientas páginas dedicadas, “con admiración y respeto” a una lista de autores y personas que culminan con la inscripción de las iniciales de Donatien Alphonse François, marqués de Sade. Es la de Chimal, en efecto, una novela sadeana y sádica, dedicada a la minuciosa construcción de una “isla alterna” o de una distopía que postula –diría Borges– la existencia de un burdel dedicado al ejercicio de la zoofilia.

Se lee en La torre y el jardín que a lo largo de un par de generaciones, en un lugar impreciso de México, una familia se ha servido de un ejército de empleados torturadores destinados a satisfacer las perversiones de miles de clientes. Si bien entiendo a veces llegan todos al mismo tiempo a consumir, lo cual no le plantea al autor, injertado en demiurgo, problemas técnicos pues el edificio pertenece, a lo Lovecraft, al género arquitectónico no euclidiano: visto por fuera son siete pisos rabones y en el interior es infinito, diseñado para satisfacer las ingentes necesidades de lo perverso polimorfo. En La torre y el jardín, sorprendente acto de infantilismo depredador, todo lo que hay entre la vivisección y la disecación es posible.

No tengo estómago (lo cual es obviamente mi problema) para describir lo imaginado por Chimal en el uso sexual, tortura y liquidación de una especiosa Arca de Noé renovada industrialmente a lo largo de tantas aventuras y tantas páginas que involucran a varias sacerdotisas y a una humana diosa heredera, al anodino (por aquello de la banalidad del mal) empresario inventor de esta suerte de ciudad de Las Vegas de la zoofilia y a un habitué de las prosas chimalianas, Horacio Kustos, un Maqroll el Gaviero dueño y señor de las cinco dimensiones y de los tres tiempos, sabrá Dios si Matusalén, vampiro o bandido del tiempo que se le fugó del reparto a Terry Gilliam. Supongo que los adherentes y los zombies que admiran a Chimal festejarán la nueva aventura de Kustos, esta vez en El brincadero, que así se llama, dicho sea en confianza, este jardín de los suplicios.

Esta quimera, el resultado de un apareamiento entre Sade y La isla del doctor Moreau, está bien escrita y convenientemente estructurada para quien guste de la desmesura de lo inhumano aunque a mí se me escape la verdadera naturaleza del talento de Chimal. Colijo que como los sadeanos auténticos, tiene buen gusto y se cuida de ser vulgar o demasiado explícito al describir la violación y el asesinato de bestias y animalitos, lo cual produce, efecto bien logrado, cierta melancolía. La torre y el jardín es, durante algunas páginas, una creación sombría que interroga al lector sobre el poder irrestricto de la crueldad, lo cual, quisiera creerlo, fue uno de los propósitos de Chimal. Pero le ganó la puerilidad, mala consejera de toda imaginación desordenada que se embrida con el catálogo y la taxonomía.

A Chimal no le fue suficiente con pretender la emulación del Divino Marqués y como la Shelley y los Meyrink, los Wells o los Tolkien, hace sus peninos en la genética teratológica y de El brincadero acaban por salir frankensteins, golems, hombres-cerdo, orcos, etc., porque agotadas, si es que pueden agotarse, las sevicias, los ingenieros se internan en la robótica. En la página 285, por ejemplo, asistimos a la puesta en funcionamiento de un tanque de pirañas autómatas, solicitado y pagado por un millonario saudita. “Provistas de dientes de plástico flexible” estas pirañas son “pequeños robots” capaces de hacer “cosquillas deliciosas”. “No solo” –dice Chimal– “movían las mandíbulas sino que nadaban por iniciativa propia e incluso sabían localizar algunas partes del cuerpo humano y mantenerse cerca de ellas.” Se nos explica que “funcionaban mediante pilas y podían ‘jugar’ con el cliente hasta por tres horas seguidas”. Edmund Wilson decía que con la luz eléctrica habían sido espantados para siempre los fantasmas; no contaba con los que llegarían, sexualizados, a través de la nanotecnología y en el ciberespacio.

A estas alturas, La torre y el jardín se ha convertido en una aburrición solemne y la desolada poética fantástica pretendida por Alberto Chimal, como tantos otros desechos y desperdicios generados por la novela, ha ido a dar al basurero, con todo y su economía presta en ilustrar al lector en la distinción esotérica entre lo propio de “la torre”, tanatos puro y vil, y lo perteneciente al jardín, quizá perteneciente a un eros ya sospechoso de pedofilia, pues la zoofilia tiene un límite una vez cerrada la lista de Noé. Llegué al último capítulo todavía ansioso por saber si, como se cree que ocurre en Sade, hay una filosofía moral a deducirse del engendro. Parece que sí la hay, hipócrita lector: una vez consumadas las enésimas bodas del cielo y del infierno, la ley natural nos ofrece, purificada, a una nueva criatura surgiendo de lo inmundo. ~

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Comentarios (8)

Mostrando 8 comentarios.

Chimal es uno de los más grandes escritores mexicanos pésele a quien le pese.

¡Vaya, por fin un poco de sentido común y objetividad crítica en medio de tanto elogio desmedido, entusiasmo injustificado (desde la perspectiva de la calidad literaria, se entiende) y, permítaseme decirlo claramente y tomando prestado un término peninsular que viene mucho a cuento, de tanta soplapollez! Por esta novelita de tres al cuarto, también se entiende. Porque no importaría si se presentara con la etiqueta de género o de literatura así, en general, si de lo que se trata, o debería tratarse, es de si es o no una novela, una narración que valiera el tiempo y el esfuerzo del lector. De un lector serio, con lecturas más sólidas detrás. Y mucho me temo que por ello, al final del día, es y tiene que quedarse como una novela de género, porque fuera de esos límites el libro no se sostiene como otra cosa que no sea eso.

Bien dice Domínguez Michael al usar el término infantilismo, eso es lo que le hace pensar a uno este tipo de obras, que parecen pertenecer a una etapa temprana de un desarrollo que, eventualmente, y en otro casosmás afortunados, conduce a tener a un escritor adulto, en forma. Y digo de nuevo, en otros casos, que no es éste uno de ellos. Y es que intenta hablar de transgresiones y pulsiones oscuras (las descripciones alusivas a las sevicias contadas son de una inofensividad desarmante y una imaginación que no por rebuscada es menos famélica en el fondo), de esa faceta oscura que anida en todos nosotros, válgaseme el lugar común, y al carecer de las herramientas para ello, resulta tan reveladora y transgresora, apenas con mejor fortuna, que, digamos, una obra como 50 sombras de Grey. ¿Me extralimité? Bueno, está bien, lo concedo. Digamos que si hiciéramos el parangón con el cine, se parece a alguna de las peliculillas más perversonas de Bigas Luna en la que puedan pensar. Vamos, que está muy lejos de Pasolini, que no es Saló, para acabar. ¿Mínimamente inquietante? No, más bien completamente inocua. Y sí, sobre todo en su tramo final, coincido con el crítico, solemnemente aburrida.

Por cierto, ¿un edificio más grande por dentro que por fuera? ¿Y con ese detalle acerca de la disposición del mentado Jardín del título? A mí también me llamó la atención, pero sólo porque abona a lo anteriormente expuesto; pues ni siquiera hay que retrotraernos al mismo Lovecraft para conjurar estas arquitecturas anómalas y yuxtaposiciones no-euclidianas del espacio, más recientemente hemos visto el parto de una, esa sí, deslumbrante novela que hace uso de estos lovecraftianos temas y los usa y reusa con una inquietante maestría, me refiero a House of Leaves, de Mark Z. Danielewski (y, por cierto, de próxima aparición en español, si todo marcha bien; digo, para que propios y ajenos aprendan de un escritor adulto y en forma lo que realmente es crear una obra que pertenezca, en principio, a un género y al mismo tiempo lo pueda trascender por méritos propios y por sus propios atributos ya no exclusivos de género, sino literarios a secas, con justificado y total y absoluto éxito). Por cierto, la de Danielewski es una narración también extensa, pero allá, donde la mayor extensión es sinónimo de densidad literaria y está, por lo tanto, plenamente justificada, en La torre y el jardín, no es más que relleno de espacio.

Por otro lado, una estupenda noticia, en estas latitudes, para todos los escritores en activo o a punto de serlo: si no se cuenta con el talento suficiente para acometer libros de cierta envergadura, de cierto nivel, pues entonces quedan los géneros, tan generosos de tan visitados y sostenidos y defendidos por (auto)complacientes adolescentes lectores que estarán siempre dispuestos a pagar las rentas. En hora buena!

 

La literatura "seria" es la única que en realidad afecta al cerebro, la única que busca imponer estilos y autores, creando personas cerradas de mente y con una secreta admiración hacia los soplones y los señaladores, siendo ellos mismos viles remedos de los adefesios políticos que habitan lo "no fantasioso". La crítica no debería buscar demeritar una obra, sino entrar (y puede ser rompiendo varias paredes) en su mundo y entablar una conversación con ellla. No se necesita saber si unas cosas son mejores que otras, cuando la noche nos alcanze lo que menos le importará preguntarnos será precisamente eso.  

Por eso... entonces cómo les pareció el libro?

¡Qué mediocre me resulta este criticón, que no crítico, y que no es escritor pero se digna a hablar de los géneros literarios como si fueran suyos, sus dominos! Por gente así, parte de la literatura mexicana gusta de revolcarse en los mismos géneros, en los mismos temas una y otra vez. Este señor debería leerse un buen libro de ensayos, como "Tierras de Nadie", para comprender hasta dónde llega la fantasía y dónde se queda el realismo. Tozudes... Elmer Mendoza es tozudo, Eduardo Antonio Parra es tozudo, y estoy seguro de que ninguno de estos dos autores sería criticado, porque, ¡oh, dios mío!, abrazan el realismo, el costumbrismo más simple en lugar de aventurarse en nuevos terrenos literarios. Me imagino que Ray Bradbury no es uno de los escritores más queridos de este criticón, pero el medio literario americano lo toma como uno de sus grandes escritores. Sinceramente, la revista, en su corte literario, cada vez más ha ido decayendo, más y más. Como diría Ólafsdóttir ¿por qué esa necesidad del arte de vincularse con la "realidad", qué no acaso es suficiente con la que hay allá afuera". 

La cuestión es que si uno escribe sobre seres imaginados, está "mimetizando" a Lovecraft. Pero si uno escribe de un romance de pareja, nadie piensa que se le está copiando a Chejov. Pfff.

Pufff, que arrogancia de tipo que se cree dueño de la literatura y ahora dicta que imaginar no es parte de la naturaleza de la literatura. Tiene problemas con su escasa imaginación, por eso le aburre (le cansa) imaginar.

Queda demostrado que si en este país hay un género literario que pueda calificarse como 'menor' es la crítica literaria de revista, como la del señor Domínguez, quien —como se ve— no tuvo una infancia feliz.

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