Tras las huellas de uróboros

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Zagora se localiza en un promontorio que mira hacia la costa oeste de la isla de Andros, una de las Cícladas. De acuer- do a los arqueoastrónomos que acompaño, es muy probable que en 950 a. C. ya hubiera alguien aquí, viendo las estrellas con un método y tratando de seguir un orden espaciotemporal. La expedición me lleva por los vestigios del único observatorio de la Antigüedad descubierto hasta hoy en Grecia. Hay una mirada distinta al estudiar los templos y las prácticas astronómicas que en ellos se llevaban a cabo. En el vivac nocturno se re- flexiona sobre las adoraciones celestiales, mitologías y religiones a través de híbridos emanados de la ciencia que ayudan a reinterpretar las civilizaciones de nuestro pasado remoto. Como dice uno de mis guías, “estamos haciendo antropología de la astro- física, lo cual es muy distinto que hacer historia de la astronomía”.

Quién no ha escuchado mencionar los diversos monumentos y edificaciones ceremoniales de las primeras culturas humanas, casi todos ellos alineados conforme al movimiento de los astros. Tanto la fidelidad de la orientación cardinal que sigue la gran pirámide de Guiza en Egipto como la devoción matemática de los mayas por Venus, al orientar hacia ese planeta el Palacio del Gobernador en Uxmal, son dos ejemplos impresionantes que invitan a explorar de nueva cuenta el primer pensamiento cosmológico. Alguna vez se interpretaron desde el punto de vista de la escatología, de la antropología, de la sociología, incluso desde el estructuralismo.

Hoy le toca a esta amalgama de disciplinas, que van desde la investigación arqueológica hasta la astrono- mía, expresarse y arrojarnos novedosas explicaciones sobre tópicos tan variados como planificación urbana, calendarios indígenas, conceptos prístinos del tiempo y del espacio, primeros sistemas de conteo, protomatemáticas y geometría antigua, así como respecto de las técnicas de sondeo en tierra y de navegación en el mar. Algunos arqueoastrónomos creen que existen claves coherentes transmitidas por generaciones. A veces permanecen inmutables y a veces se transforman, convirtiéndose en un símil del original. Generan una especie de meme, según los concibió el polémico genetista de Oxford Richard Dawkins. Se trata, pues, de patrones simbólicos referidos a las estrellas y planetas, alegorías de cuerpos inquietantes como los cometas y los asteroides, cuyas representaciones han perdurado hasta nuestros días.

En el Instituto de Astrofísica de Canarias, en Santa Cruz de Tenerife, mi intención es entrevistarme con uno de los más ilustres estudiosos de esta ciencia, el profesor Juan Antonio Belmonte. Experto en la cultura de los antiguos egipcios, le pregunto sobre semejante forma de drenar el pasado, de taladrar en la roca de nuestra ignorancia, por ejemplo, sobre el origen del calendario civil único, de 365 días, que regía la vida de los egipcios hasta antes de la abrumadora influencia helénica y en el que no cabían los años bisiestos. Según el profesor Belmonte, desde el inicio de la egiptología los estudiosos han propuesto varias hipótesis. Primera, que estuviera relacionado con la aparición de Sirio (Sothis en griego, Sopdet en antiguo egipcio), ya que algunas fuentes clásicas asociaban la aparición de la estrella con el inicio del año en Egipto. En consecuencia, 365 sería el valor promedio entre dos apariciones sucesivas de dicha estrella en el firmamento. Si consideramos que el ciclo sótico dura 1,460 años, este calendario ciudadano comenzó a usarse en 2781 a. C. Una segunda hipótesis propone un origen relacionado con el sol, es decir, el periodo entre dos repeticiones sucesivas de la misma estación solar, ya sea un solsticio o un equinoccio, aunque, afirma Belmonte, esta es menos popular que la primera. Una tercera hipótesis trata de explicar el origen del calendario basado en un mes lunar y en un año lunar promedio. La última y cuarta hipótesis le confiere un origen basado en el valor promedio del intervalo de los días entre sucesivas crecidas del río Nilo. “Nosotros pensamos ahora”, me dice Belmonte, “que este calendario civil podría ser el resultado de la combinación de uno más antiguo, en efecto, asociado al río Nilo, con observaciones precisas del movimiento del sol, de acuerdo a la segunda propuesta”.

Es claro que detrás de querer saber cómo encontraron el verdadero norte los antiguos chinos o de pretender explicar la diferencia de una hora y 17 minutos entre la medición de Maimónides de la conjunción lunisolar que aparece en su Mishné Torá y la molad, existe la necesidad de precisar los términos escatológicos en los que está planteada nuestra obsesión por vencer la muerte, ya sea resucitando o creyendo que después nos espera algo. El doctor Belmonte hace hincapié en el hecho de que, hasta antes de la invención de los relojes atómicos y los sistemas de rastreo geosatelital (gps), las culturas prosperaron o fracasaron, tanto en lo filosófico como en lo económico, según su capacidad de leer el cielo. ~

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