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Fuente: immobilized enzyme reactor / Wikimedia Commons

Evangelización en clave de rave

El evangelismo pentecostal ama el espectáculo, pero detrás de la pasión y el carisma puede fomentarse el culto a la ignorancia y el machismo.
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Cuando hace tres décadas la franquicia religiosa Pare de sufrir empezó a ponerse de moda en América Latina, específicamente en Venezuela, presencié en algún espacio televisivo las largas peroratas en español con acento brasileño que a cambio de dinero prometían salud, prosperidad y amor en nombre Cristo. La fe mueve montañas pero hay que pagar. No dejaba de sentir cierto juvenil y pecaminoso regocijo ante las grandes manifestaciones extáticas en las que por vía del espíritu santo y un aceite que se vendía como el de Jesús en el Gólgota, se curaban males tan diversos como la parálisis, el cáncer, la homosexualidad, la drogadicción, la posesión demoniaca y el alcoholismo. El tono de los líderes era viril, autoritario, tonante. Sonaba una música orquestal que pude identificar en aquella época como de banda de sonido de las películas religiosas en blanco y negro del Hollywood de otros tiempos.

El evangelismo pentecostal ama el espectáculo y no teme al ridículo. Su predicación en plazas públicas tiene un aire definitivamente popular pues sus líderes vienen de las bases mismas de la sociedad, no de sesudos seminarios, como ocurre con el antes hegemónico catolicismo. No existe el temor a ubicarse en el núcleo mismo del pecado, en lugares a los que toda “persona decente” teme acudir, desde cárceles y zonas de tolerancia hasta zonas urbanas famosas por su auge delictivo.

En una oportunidad fui testigo de un performance único antes de dirigirme a algún antro en Sabana Grande, otrora zona de la bohemia y el pecado caraqueños. Un guapo joven narraba cómo se había salvado de sus ansias de ser mujer por medio de la conversión sincera a la verdadera fe. Meció su cuerpo con gestos que hacían reír a la transfóbica concurrencia y se detuvo para señalar a un pastor que lo miraba entre serio y orgulloso. Este pastor lo había salvado en plena calle pues, si bien lo había amenazado con el fuego del infierno por su renuncia a la condición viril, había llegado a su corazón. El joven predicador empezó de nuevo a hacer gestos femeninos en clave paródica y luego pasó a recitar con retorcidos ademanes diabólicos, muy de película, una lista de deidades de la santería cubana (Changó, Yemayá). Entonces, prosiguió el joven en tono conmovido, el pastor conminó al demonio a abandonar su cuerpo en nombre de Cristo. Un alivio enorme le dio a entender al antes pecador con afanes de pecadora que la redención había llegado. Los aplausos sonaron atronadores cuando el joven terminó su relato y dirigió una mirada profunda hacia el cielo.

El éxtasis y la multitud son claves para el evangelismo pentecostal, la corriente de mayor crecimiento en América Latina y cuyas ambiciones de regeneración radical de la sociedad han abandonado el muy católico “Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Que Dios hable en nosotros y por nosotros es una experiencia de conexión profunda con el mundo y con los demás, equiparable –aunque irreductible– a la que despiertan los líderes políticos carismáticos, los conciertos y deportes que convocan a grandes masas, los grandes momentos del amor y el sexo y las diversas drogas que alteran la conciencia. Las numerosas iglesias pentecostales, muy aficionadas al delirio místico, explotan tan humana tendencia a la comunión colectiva. Desde luego, abundan los escándalos por estafas y manejos ilícitos de dinero, tanto como los relativos a abusos sexuales e indebidas relaciones con el mundo político, pero estas incoherencias son tentaciones de Satanás para aquellas religiones que prometen la vida eterna, así que los creyentes siguen la fe sin problemas mayores.

Quizá sea posible explicar el éxito que tienen en Brasil los evangelistas pentecostales tomando en cuenta no sólo la pobreza, las adicciones, el narcotráfico y la violencia –los cuales fomentan la búsqueda de orden y vínculos comunitarios–, sino también una tradición tan arraigada como el carnaval. Quien haya estado en una comparsa de carnaval y haya formado parte de ella sabe perfectamente que lo que se siente es una alegría radical, una salvación maravillosa de todas las penas de la tierra, un momento de plenitud en el que no somos sino la comparsa, apenas una célula de un cuerpo en danza perfecta. El actual presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, quiere éxtasis sin desorden y, por sobre todo, a través de la confirmación de los valores más conservadores, pero ya tanto Dilma Rousseff como Luiz Inácio “Lula” Da Silva contaron con los evangélicos. También los sandinistas en Nicaragua y el chavismo en Venezuela.

En la Ciudad de México los evangélicos de todas las tendencias tienen dos obstáculos tremendos: la estupenda tradición laica de la política y el catolicismo guadalupano, con un profundo arraigo cultural. De todos modos, según los propios mexicanos, el peso de la religión en la política está aumentando. En el Zócalo de la CDMX los predicadores enfrentan a jóvenes LGBT, quienes suelen hacerles gestos burlones ante las amenazas infernales, pero en otros lugares del país –Acapulco, por ejemplo– se ve a los pastores muy serios, ordenados e influyentes. Éxito deben tener porque en unos cuantos bares y restaurantes se escuchan merengues, bachatas, reguetones, salsa, balada, ranchera y música de banda con letras cristianas. Tal vez por tan acertada interpretación de la musicalidad nacional, los evangélicos se ganan a la gente por la expedita vía cultural. Conmigo cantarás, bailarás, serás feliz, pero con las letras adecuadas y sin excesos de ningún tipo. Las industrias culturales orientadas al sector deben estar valoradas en millones y millones de pesos.

La religión es la más extraordinaria ficción humana de la historia, dada su fecundidad filosófica, arquitectónica y artística y el ánimo que provee a sus sinceros oficiantes para las grandes hazañas y sacrificios. Ahora bien, también puede ser, como todos sabemos, una infinita fuente de opresión y abuso al codificarse en reglas rígidas que favorecen las más variadas formas del autoritarismo. Detrás de la pasión y el carisma, detrás del milagro y la esperanza para vidas vaciadas de sentido, puede fomentarse el culto a la ignorancia y el machismo. Detrás del abrigo comunitario prenden las formas retorcidas de la hipocresía y la persecución.

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