Lo último de Peter Greenaway

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Uno: índice
     La más sencilla de las 92 maletas de Tulse Luper es la número 85. Está dividida en dos compartimentos con líquidos cristalizados: uno de sangre y el otro de tinta. En la nota a la maleta consta la siguiente indicación: “Una maleta de tinta y sangre. Para representar el acto de escritura y todos los manuscritos y textos impresos. Para demostrar el suministro de conocimiento y los canales de comunicación de la tinta. La tinta puede ser vista como la segunda sangre del mundo de la que disponemos”.
     Pero la más sencilla de las maletas es la más compleja. ¿De quién es la sangre y de quién es la tinta? ¿A quién pertenecen la sangre y la tinta, cómo se utilizan y a quién describen? Las otras maletas de Luper acumulan cientos de objetos: mapas, muñecos de plástico, trozos de carbón con silueta de montaña, pasaportes, traducciones de Anna Karenina, acuarelas, cigarrillos, etcétera, y aquí el etcétera no sólo es una simplificación, sino una necesidad: hay demasiados elencos. Cada una de las 92 maletas abren a su vez 92 características, lo que eleva exponencialmente las posibilidades narrativas a más de ocho mil items.
     Hay muchos datos importantes sobre Tulse Luper. Nació en 1911 en Newport, Inglaterra. Ha vivido en Amberes —durante la invasión alemana de Bélgica—, en Turín —donde visitó a Primo Levi—, Moscú, Vaux, Barcelona, Estrasburgo, Venecia y Bolzano. Pasó fugazmente por la mansión de Compton Verney, en medio de la reseca campiña inglesa de Warwickshire. Se lo vio por 1980 en Pekín y probablemente sigue vivo. Vamos muy rápido: aparecen nuevos datos y documentos sobre Luper mientras usted lee estas líneas. Conocido como El hijo del Uranio por el guarismo 92 que corresponde a los elementos atómicos del Uranio, ha sido encarcelado muchas veces. Desde cada una de sus 16 prisiones articuló su visión del mundo. Y coleccionó en 92 maletas objetos que le sirven para representar el mundo.
     Para narrar la vida de Luper hay un artífice: el pintor y cineasta inglés Peter Greenaway. Aunque la ambigüedad semántica de la palabra española “realizador” sería la más pertinente. Para dar a conocer estos archivos hay mucho más que una trilogía de películas sobre Luper, o al menos eso se promete: 16 capítulos de televisión, tres DVDs, CDs, una página Web y un libro. Tulse Luper se convierte en la señal de una secta de rastreadores de su vida. La promesa no sólo que se cumple sino que se amplía: se harán dos largometrajes editados especialmente para festivales de cine, los DVDs también serán 92, las páginas Web son más de cuatro y de los libros han aparecido tres a la fecha.

Dos: History is only his story
     Hay muchos datos —demasiados— sobre Tulse Luper, pero uno es fundamental: se trata de un artista ficticio. Tulse Luper forma parte de la tradición de artistas apócrifos del siglo XX: A. O. Barnabooth, Adrian Leverkühn, Emily L. o Jusep Torres Campalans. La historia de cada uno de ellos es la Historia. Ahora vamos despacio porque los personajes de ficción tienen partos difíciles. Como Frankenstein: extraños puntos de sutura componen un monstruo de piezas dispares.
     Barcelona 2003: Estreno mundial de la primera parte de la película Las maletas de Tulse Luper: La historia de Moab. La fecha no es arbitraria. Luper cumple 92 años. Tampoco el lugar es intercambiable: gran parte de la película se ha rodado en Barcelona, Tortosa y Girona. La película permanece pocos días en cartelera. Quince personas en el cine cuando la vio el autor de estas líneas. ¿La película? Barroca, humorística, inesperada y ambiciosa. Empieza por una secuencia de casting de los personajes. Con esto Greenaway enfatiza que está trabajando una ficción y que no se someterá simplemente a ilustrar el texto de un guión. No hay una continuidad estricta en el desarrollo de la historia, pero se trazan los momentos decisivos. Luper tuvo su primer prisión en su casa de Newport, donde decide recorrer el mundo junto con su amigo Martín Knockavelli. Luego lo encontramos en el desierto de Moab, en Utah, para buscar paisajes naturales. La zona de Moab será uno de los centros de explotación del Uranio. Allí reside una comunidad de puritanos que son los primeros en encarcelar a Luper, luego de que éste espiara a la que sería su amante, Passion Hockmeister. Escapan de América y Luper cae prisionero en Amberes. Su tercera cárcel será en una tina. Hay muchos vacíos en la cronología de Luper; tal como consta en su página Web (www.tulselupernetwork.com), hay un calendario donde todavía quedan por investigar (inventar) sus actividades durante varios meses. En esta misma Web hay links con información complementaria sobre Moab, el Uranio, Enrico Fermi y demás temas asociados.
     Barcelona 2004: estreno mundial de la segunda parte de Las maletas de Tulse Luper: De Vaux al Mar. A las pocas semanas la película es retirada de proyección. Sin demasiado bullicio, con paciencia de obra genial, el proyecto de múltiples soportes de Greenaway ha pasado sin éxito masivo: no hay mucha expectativa porque no hay una historia narrada de manera convencional. Las secuencias se complican por la llegada de la Segunda Guerra Mundial. Los fascistas capturan nuevamente a Luper y los personajes se siguen multiplicando en decenas de historias paralelas. Greenaway escribe que el “cine murió el 31 de septiembre de 1983, cuando el control remoto entró en las habitaciones del mundo. El cine es un medio pasivo”. Frente a esa pasividad, Greenaway recurre a lo interactivo. Ese mismo año, entre marzo y octubre de 2004, se abrió la primera exposición mundial de las maletas de Luper en el apartado y casi inaccesible museo de Compton Verney. Esta antigua mansión, con su estructura en forma de herradura junto a un estanque y un puente coronado con cuatro esfinges, acogió la prueba real del mundo ficticio y filmado de Tulse Luper. En 2005 la exposición pasará por el Walter Gropius Museum de Berlín y el Guggenheim de Bilbao. Tulse Luper está en todos los sitios al mismo tiempo. Y continúa expandiéndose. Habrá también 1001 relatos de Tulse Luper, a modo de una Scherezade contemporánea.
     Barcelona 2005: se estrenará la tercera y última parte: De Sark hacia el final. Estamos a la espera de ver cómo concluye el recorrido de Luper después de la Segunda Guerra Mundial. Pero parece no haber final en la creación de Greenaway. En Bremen también se estrenará este año una ópera suya, escrita a dúo con Saskia Boddeke.
     Volvamos un poco atrás. La exposición en Compton Verney se abría con un índice. Así tengo que llamar a la sala en la que, de forma escalonada, divididas en dos grupos, pendían del techo 92 pequeñas maletas numeradas. Frente a cada una de ellas se encendía un foco de manera aleatoria, iluminando la maleta y la numeración correspondiente, marcada con pintura blanca. Las verdaderas maletas (¿es posible utilizar la palabra verdadera?) vienen después, abiertas en distintas salas. Si se dedicaran cinco minutos a cada maleta, la exposición exigiría más de siete horas. Abriré sólo cuatro maletas: la 9 (cartas de amor), la 34 (traducciones de Anna Karenina), la 73 (elementos atómicos), y la 83 (mapas). Si el lector no tiene tiempo puede pasar al pretítulo Tres: una biografía muy autorizada.
     Maleta 4: cartas de amor. Aunque las maletas están dispersas por grupos en las distintas salas, la maleta 9 es la excepción. Ocupa toda una sala. En medio, la maleta se abre y expone, plegadas, decenas de cartas manuscritas, de un total de 92, escritas entre 1916 y 1917. En las paredes, enmarcadas, hay páginas con manuscritos o dibujos. En una pantalla plana, sobre fondo negro, Tulse Luper —de joven, representado por el actor J.J. Field— lee a cámara las cartas de amor entre Carrie Ashdown e Ivor Luper, sus padres. No las podemos leer, aunque sí escuchar (en la Web están registradas algunas). No sabemos de cartas de amor escritas por Luper. Toda biografía empieza por una historia de amor ajena, la de los padres.
     Maleta 34: traducciones de Anna Karenina. El principal medio de expresión de Tulse Luper es la escritura. No el libro, como veremos más adelante. ¿De qué manera escribe Tulse Luper? Colecciona traducciones de Anna Karenina y escribe entre las líneas del texto. Principio de la ficción: lo escrito tiene vacíos que se pueden rellenar. Lo no dicho nunca queda descartado de la ficción. Por allí se abren nuevos recorridos a la imaginación. Sin embargo, abrí algunos ejemplares de Anna Karenina en la exposición de Compton Verney. En efecto, eran traducciones, pero no había nada escrito en ellas. La red de relatos está en otro sitio.
     Maleta 73: elementos atómicos. El número atómico del Uranio corresponde a los 92 protones que tiene en su núcleo. Para hacer un homenaje de un artista científico a otro, Luper le entrega a Primo Levi una maleta con símbolos de elementos atómicos. El regalo, en realidad, lo había hecho antes el escritor y químico italiano. En su libro de cuentos El sistema periódico, Levi narra cómo un paisano suyo, Bonino, le cuenta con entusiasmo la inverosímil historia de un trozo de uranio que le dejaron unos alemanes. Levi duda de eso, pero Bonino le envía sin problemas un pedazo de su peculiar uranio. Claro, el narrador comprueba su duda de que no se trata de uranio sino de cadmio. Sin embargo, Levi, a pesar de manejar la certeza científica, atrapado como se sentía entre los deberes sociales y la verificación científica, envidia a Bonino por “la libertad infinita de invención de quien ha roto la barrera y ya es amo de sí mismo como para construirse el pasado que le venga en gana, de coser para sí el traje de héroe y volar como Superman a través de los siglos, los meridianos y los paralelos”.

Así Bonino, así Luper, así Greenaway.
     Maleta 83: mapas. “Supremos indicadores de un mundo a escala —dice la nota de la maleta— te muestran dónde has estado, dónde estás, y a dónde irás”. Greenaway se ha reciclado a sí mismo con la figura del cartógrafo: Luper apareció en la película A walk throug H, de 1978. La película es un recorrido sobre los 92 mapas de la región de Wiltshire, creados por el entonces ornitólogo Tulse Luper. La gestación de este personaje lleva más de veinte años. Lo que me recuerda que Pirandello habló de personajes que buscan desesperadamente un autor que los escriba. Tulse Luper puede sentirse tranquilo porque no sólo consiguió a un autor, sino al artífice, a un gran director de escena. En realidad, lo que este personaje ha encontrado es un biógrafo: Greenaway está trazando la escritura de una vida. Y al modo de “Las ruinas circulares” de Borges, la criatura, a su vez, no resiste crear otro engendro: Tulse Luper, bajo el seudónimo de Giacomo Farenti, escribe la vida ficticia del teniente Harpsch, vinculado al episodio del oro robado a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Visiten los detalles en www.bolzanogold.com y los 92 relatos sobre el episodio en www.clcwebjournal.icaap.org/library/greenaway(tlnstories1).html.
     No hay que olvidar que Luper es un artista. Es decir, tiene una subjetividad exacerbada y una voluntad creativa que lo empuja a transformar ficcionalmente el mundo. Tinta y sangre, como señala la maleta 85. Hasta aquí Greenaway sigue la tradición del artista como héroe —la de Joyce, Mann, Nabokov, Bellow o Ishiguro—, aunque por momentos Luper parece un periodista por la versatilidad de sus viajes y su voluntad de comunicación. Pero por encima de esto, Luper tiene vocación científica. Y conviene no olvidarlo: su pasión por la taxonomía y el estudio de la realidad es sistemático, aunque nunca concluye en una ley ni busca un principio inmutable. Hace de sí mismo un experimento: el coleccionista selecciona una ruta de trabajo y dispone las piezas para que se pueda proceder a su estudio. Está abocado con una ansiedad imparable a conocer el mundo. Esa búsqueda desata su errancia. Y en muchos casos, en 16, lo encarcelan. Le mie prigioni —podría decir Luper— son remansos de reflexión. Como decía Manganelli: la cárcel es la sede natural de las historias.
     Ante tantas digresiones, ¿dónde encontrar un mapa fiable sobre la vida fascinante de Luper? Como lo apuntaba el índice de Compton Verney: sólo podemos tener una imagen aleatoria del personaje. Nosotros seleccionamos un perfil entre tantos posibles.
     
Tres: Una biografía muy autorizada

     Admirador de Bronzino y otros pintores manieristas y barrocos, y de artistas del siglo XX como Kitaj, Cage, Duchamp, Borges y Calvino, el creador de Tulse Luper es un hijo de entresiglo.
     En esta revisión que hace Greenaway de la ficción posmoderna queda puesta a prueba la acumulación gratuita del arte pop, porque articula series de objetos sin pretensión de aludir a marcas o modas, supera la banalidad improvisada de los readymade, y resquebraja la pretensión interpretativa sobre la psicología de un personaje central. Greenaway suma los recursos tecnológicos de última generación y abre el futuro del arte narrativo a partir de soportes múltiples. La diferencia está en el concepto y en su realización: la producción de los objetos representados, la implicación de Internet, los retoques digitales, los planos yuxtapuestos y paralelos en la pantalla están graduados y son visualmente impecables. Si Greenaway había hecho un cine con encuadres de riqueza pictórica, ahora estos encuadres son portales interactivos, enciclopédicos, de nuevas narraciones. Pero lo que en realidad ha hecho posible el proyecto de Tulse Luper es la mundialización de las comunicaciones al alcance de productores independientes. El paso de Tulse Luper por Italia, por ejemplo, implicó a Greenaway con el equipo de VoLuminA, dirigido por Domenico di Gaetano y Alessandro Amaducci, dos artistas digitales que desarrollan las piezas multimedia del encuentro de Luper con Primo Levi. Así nace otra página Web: www.tulseluperinturin.net. Sin dejar de lado la página de Venecia: www.tulseluperinvenice.net. Y es probable que el paso de Luper por Canadá, Kyoto y Pekín traerá nuevas digresiones.
     Además de un biógrafo, Luper tiene en Greenaway un publicista. Su biografía es famosa por la combinación de su vida de coleccionista pero también por su proyección mediática. Ambas con un peso correlativo. Las digresiones son amplias, de un barroquismo que subvierte la idea de traslado anecdótico a la pantalla. Es lo que siempre ha criticado Greenaway a los cineastas convencionales que trasladan textos narrativos a la pantalla. Él se detiene en aprovechar el cine por su recurso visual y la interacción de la Web para articular un gran hipertexto. Quizá lo más representativo de su aplicación se puede visitar en www.digiscreen.ca/weblers/tulse/flash.html, donde vemos el trabajo enciclopédico a través de una webler de la segunda película. Sin embargo, cuando una narración se escapa de la casa de la linealidad temporal, descubre que no puede escapar de sí misma. Personaje es sinónimo de progresión: su piel está hecha de tiempo. El nexo entre todos los medios utilizados y los episodios aislados están cohesionados por el principio que Aristóteles rechazaba por ser el menos sólido para episodios dispersos: la figura del héroe. No hay tensión dramática en Luper por la cantidad de digresiones. La suma de episodios la imposibilita. Y aquí es donde se comprende la ausencia de lo trágico y la importancia de su sentido cómico.
     Como en las grandes obras narrativas del siglo XX, en Luper no hay un final, precisamente por la figura de un individuo que sostiene débilmente la suma de episodios. Son los personajes secundarios que acompañan a Luper quienes llenan ese mundo cómico y épico, aunque no llegan a tener consistencia. La relevancia de estos arquetipos no es secundaria para Greenaway: es la manera de sabotear la preceptiva clásica de la tensión narrativa. Configura la débil identidad de Luper rodeándolo de objetos y dando forma a las identidades todavía más débiles de quienes lo rodean. Luper lucha contra el caos de todas las alternativas, las que dejaban perplejo al personaje de El Castillo. Cuando K. habla con uno de los funcionarios del castillo, Bürgel, éste le dice: “Aquí todo está en realidad lleno de oportunidades. Sólo que, a decir verdad, hay oportunidades que hasta cierto punto son demasiado importantes como para utilizarlas; hay cosas que no fracasan más que por sí mismas. Sí, es asombroso”.
     Tulse Luper es un fracaso que triunfa por su dispersión. ¿Qué queda de una vida como la suya? ¿Objetos o retratos? Las 92 maletas de Luper son documentos tangibles y evidentes de un personaje ficticio. Nuestra realidad, parece decir Greenaway, no sólo puede ser una hipótesis narrativa sino que siempre lo es. Ni siquiera la realidad se reserva el derecho de verificación. Mejor dicho: el énfasis en la realidad, el detallismo del realismo exacerbado, también es una ficción, la más perversa. Luper es un personaje lleno de propuestas y, sin embargo, con vacíos ficcionales por seguir llenando. Pero es un personaje, irguiéndose como el centro unificador de toda esta obra multimedia. Él es el soporte relevante. Sin embargo, queda una sensación de asombro ante tanto despliegue y derroche. Refuerza de manera provocadora e inédita lo que nunca se había hecho antes con un personaje de ficción: atribuirle un universo de objetos reales, como si Greenaway le siguiera llevando la contra al principio básico de la ficción: la libertad de no necesitar pruebas documentales. Me pregunto si Luper sería menos intenso sin las 92 maletas reales. Quizá no. Pero precisamente apelar a objetos hace turbadora su existencia: la ficción no sólo cohesiona el sentido de la realidad, sino que la invade.
     Entonces, ¿qué nos queda de Luper? Quedan miles de objetos, pero sobre todo momentos, como ocurre con todos los personajes de ficción. Momentos que son imágenes: Luper conversando con Knockavelli sobre sus planes para cartografiar su propia vida. Caroline Dhavernas en el papel de Passion Hockmeister, vestida de negro y corriendo con sus amplios vestidos, repetida en diez planos simultáneos que se deslizan como ella entre tonos azules. El rostro impasible de Isabella Rossellini, al modo de las mujeres pintadas por Ingres, con un preciso punto rojo y un hilo de sangre en la frente por el disparo recibido. Las torturas infligidas a Luper por quienes lo consideran un intruso, un espía, un impertinente. Algunas anécdotas, como la de que Luper siempre negó haber formado parte de ninguna actividad surrealista, o que no se lava las manos después de ir al urinario. Pero lo que más queda de él es la inquietante sensación de irreverencia, de divertimento, de combinación artesanalmente lograda de lo improvisado, de conocimiento de la tradición y sabotaje de la tradición. Paradójicamente, al abrirse la ficción a varios soportes —incluso 92 maletas— se libera de los soportes. Al convertirse la sangre en tinta, la ficción desata la interminable cadena de mutaciones. Y no tiene final: nadie sabe dónde está Tulse Luper. –

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