Foto: NZatFrankfurt, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons

La sátira nihilista

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La novela es un retoño de la sátira pero desde su nacimiento ha procurado ocultar ese lazo de parentesco, pues el afán de ridiculizar, cuando salta demasiado a la vista, puede restarle verosimilitud a un mundo ficticio. Según John Middleton Murry, la sátira es un género que condena a la sociedad en nombre de un ideal, es decir, una pieza literaria al servicio de una causa. Una novela, en cambio, fracasa cuando el lector adivina con demasiada facilidad las intenciones del autor, mientras que los ideales enarbolados por los escritores satíricos son explícitos: Horacio condenaba la ambición de riquezas en nombre de la vida retirada y la frugalidad epicúrea, Juvenal maldijo visceralmente la soberbia de los patricios en nombre de la igualdad, Petronio se burló de los nuevos ricos vulgares en nombre del buen gusto, el arcipreste de Hita ridiculizó la hipocresía mojigata contraponiéndola al buen amor y Quevedo se ensañaba con los homosexuales, las ancianas coquetas y los judíos conversos, emboscado en las trincheras del ascetismo, la respetabilidad y la ortodoxia católica.

La definición de Middleton Murry es válida para la sátira en estado puro, no para la novela satírica, en la que el autor disimula sus intenciones para alcanzar una mayor intensidad corrosiva. En ese género híbrido, el empleo astuto de la ironía enmascara las intenciones del autor y esa indefinición es quizá el rasgo más innovador en la obra de Swift, el primer escritor satírico sin respuestas claras para los dilemas de la existencia que, en vez de vindicar ideales pisoteados, confesaba perplejidades. Dos siglos atrás, sin embargo, había surgido ya en España una obra inclasificable que satirizaba con ponzoñosa crueldad a la sociedad de su tiempo, sin escudarse tras ningún valor ético: La Celestina de Fernando de Rojas. Por su forma, La Celestina pertenece a la literatura dramática, pero, como Rojas se adelantó trescientos años al crudo naturalismo de Zola, se le puede considerar el precursor de la sensibilidad desencantada y pesimista que predomina desde entonces en la novela. Sátira nihilista y amarga en la que ninguna conducta virtuosa contrarresta la degradación colectiva, La Celestina esboza una visión del mundo en la que resulta ingenuo abrigar esperanzas sobre la regeneración del género humano. Con Fernando de Rojas nace un tipo de escritor que aborrece el orden estamental y ve inmundicias por doquier, pero no puede oponer a esa realidad opresiva un modelo de buen comportamiento, un precepto religioso o una utopía redentora.

El escepticismo radical de Rojas no hizo escuela en la España de la Contrarreforma (la censura eclesiástica jamás lo habría permitido) pero tuvo una metástasis en la primera mitad del siglo XX, cuando las luchas ideológicas entre el fascismo, el liberalismo y el comunismo polarizaban el debate político. A mediados de los años treinta era muy difícil incursionar en el realismo crítico sin tomar partido por alguna de esas ideologías, pero algunos escritores satíricos lo intentaron, entre ellos Louis-Ferdinand Céline, un ogro cínico sublevado contra “el picadillo fangoso de los heroísmos” que declaraba “estar en guerra contra todos” para no adscribirse a ninguna de las corrientes de opinión en pugna. Cuando publicó Viaje al fin de la noche, una burla sangrienta del sentimiento patriótico y una formidable disección de la mezquindad humana, el crítico comunista Paul Nizan le advirtió: “Esta revuelta puede llevarlo no importa dónde, hacia nosotros, contra nosotros o a ninguna parte.” Céline hubiera preferido ir a ninguna parte, mantener la neutralidad para lanzar petardos a diestra y siniestra, pero no tomó en cuenta que la misantropía sin brújula puede abonar el terreno para las grandes explosiones de odio racial. Su panfleto antisemita Bagatelas para una masacre, una sátira machacona y biliosa donde presenta a los judíos como execrables amos del universo, lo colocó irremisiblemente en el bando del nazismo, pues si bien intentó guardar distancias con Hitler, criticando también a la raza aria, de cualquier modo le suministró argumentos en favor del Holocausto.

Como novelista satírico, Céline había ocultado sus fobias detrás de uno o de varios biombos, aparentando un distanciamiento crítico imparcial, pero en la sátira pura sacó a relucir una intolerancia fanática. Si en la ficción extremaba la sutileza, el filo crítico, la malicia para develar segundas intenciones, como agitador político se limitó a lanzar bravatas de bufón genocida. Su caso es paradigmático, pues muestra que la novela es una especie de burladero donde el genio para intuir y representar la química de las pasiones puede esconder, a veces, la ceguera ideológica más obtusa. Si Céline no creía en nada, como Fernando de Rojas, nunca debió aspirar a ser un líder de opinión. El talento satírico destruye, amputa, ventila llagas con una intención curativa, cuando el autor cree defender valores intachables. Pero cuando ha perdido por completo la fe en el género humano, más le vale acogerse al equívoco y ambiguo terreno de la novela, donde la sátira cumple una función accesoria. De lo contrario puede terminar alineado con los asesinos que no se conforman con denigrar verbalmente a sus adversarios. ~

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(ciudad de México, 1959) es narrador y ensayista. Alfaguara acaba de publicar su novela más reciente, El vendedor de silencio. 


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