El XIX en el XXI, de Christopher Domínguez Michael

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 Quizá no haya en las letras vocación más singular que la del crítico. Los aspirantes a poetas o novelistas son legión (claro que muchos son los llamados y pocos los elegidos, pero ese es otro asunto), pero ¿críticos? Nadie –como apuntaba Truffaut respecto al cine– dice de niño: “Cuando crezca, quiero ser crítico.” Hay algo casi contranatura en esa vocación. ¿Por qué no intentar ser un “creador” o simplemente un lector? ¿De dónde proviene esa manía de escribir sobre, de juzgar, de comparar, de elogiar y vituperar? Hablo, desde luego, del crítico profesional, de aquel que ha decidido hacer de la crítica su principal actividad literaria. No es raro que en una época se den cita varios autores notables, pero habrá suerte si entre ellos (o al lado o, si se quiere, atrás) hay un crítico sobresaliente. No me parece exagerado afirmar que una literatura puede presumir cierta madurez no cuando engendra un buen poeta o un buen narrador, que es lo primero que engendra (signos de la vitalidad de su infancia y juventud), sino cuando de ella surge un buen crítico, alguien que contribuirá a formar la conciencia que esa literatura tiene de la tradición literaria en general y de sí misma en particular.

Entre nosotros, nadie como Christopher Domínguez Michael encarna la figura del crítico profesional (ya veo arquearse las cejas indignadas y puedo escuchar los bufidos: lo siento, es un hecho que cualquiera libre de pasiones puede verificar en la realidad, pero estas, me temo, sobran a la hora de juzgar su obra; al crítico, por lo demás, no le va mal ser ave de tempestades). Ignoro en qué momento de su vida –tempranamente, supongo– Domínguez Michael decidió que él iba a ser el crítico de la literatura mexicana. Lo ha logrado básicamente a punta de reseñas publicadas a lo largo de casi treinta años. Domínguez Michael comprendió a cabalidad que la reseña es un género literario, lo ha practicado incansablemente y, a veces, con maestría. El tesón con que se ha entregado al oficio no es un mérito menor.

A diferencia del poeta o narrador que además hace crítica, o del crítico amateur, en el sentido original de esa hermosa palabra, es decir, el amante, que escribe fundamentalmente sobre lo que le gusta o entusiasma, el crítico profesional tiene que vérselas con una serie de obras que no necesariamente admira y un buen número de autores mediocres (y vaya que Domínguez Michael les ha dedicado tiempo y esfuerzo, que acaso podrían haber tenido mejor destino, a estos últimos, particularmente autores nacionales contemporáneos). Entre sus obligaciones se encuentran censurar las debilidades de los escritores consagrados, juzgar con justicia los méritos y defectos de quienes están construyendo una obra, estar atento a las novedades. No son tareas forzosamente gratas, pero son las que el crítico profesional ha decidido asumir. Y, sin embargo, no es raro que cuando más luzca sea cuando escribe sobre obras y autores que realmente admira, el terreno fértil donde se unen amor y conocimiento. No es casual, pues, que algunas de las mejores páginas de Domínguez Michael sean las dedicadas a sus clásicos, como Gide en La sabiduría sin promesa o Chateaubriand en este El xix en el xxi (apenas hace falta decirlo: siguiendo una venerable tradición mexicana, Domínguez Michael es el penúltimo afrancesado). Como indica el título, esta obra reúne reseñas y ensayos dedicados a autores decimonónicos. En ellos el crítico se halla en su elemento pues es, ante todo, un lector del siglo xix y, más precisamente, de novela del xix (en el resto de su obra, por cierto, son escasas las referencias a autores anteriores al siglo xviii; los clásicos o los escritores de los Siglos de Oro, por decir algo, brillan por su ausencia o solo son mencionados de manera incidental: Domínguez Michael es, hélas!, un lector eminentemente moderno).

Apartado momentáneamente del tumulto del presente, el crítico vuelve a sus clásicos con el ansia de encontrar un remanso, tonificarse y recuperar la perspectiva. Aunque esto no deja de tener siempre algo de cierto, la esperanza con frecuencia se revela ilusoria, pues el reencuentro con un gran autor –si la lectura ha sido verdadera– será todo menos tranquilizante. Así parece haber sucedido a Domínguez Michael, por ejemplo, con el ya citado Chateaubriand, objeto de dos asedios en este libro (espaciados por casi veinte años): “En ambas ocasiones he terminado la tarea exhausto, con un manojo de nervios en el cuello y una cantidad ingente de notas sin usar.” Esto, diría yo, es verdaderamente leer y hacer crítica literaria: una experiencia vital que nos compromete por entero y que nos funde con la obra que leemos, haciéndola parte integral de nuestro ser. Las Memorias de ultratumba –como para otros el Quijote o los Ensayos– son para Domínguez Michael “libro de cabecera, enciclopedia y oráculo manual”. El verdadero lector, aquel que realmente ha llegado a establecer una relación personal e íntima con un libro, sabe de lo que habla.

Aparte de los ensayos dedicados al vizconde, destacaría los que tratan de Balzac, Galdós, Huysmans, Eça de Queiroz y Julio Verne (algunos son ensayos propiamente dichos y otros reseñas, el autor gusta mezclarlos indiscriminadamente, lo que no acaba de convencerme del todo; está también esa manía de reciclar sus propios textos, cuando quizá publicarlos una vez en libro bastaría). En sus mejores momentos, Domínguez Michael, más que hacer crítica literaria (esto es, el examen de una obra y la emisión de un juicio sobre ella), hace historia literaria: narra la literatura, y lo hace con una prosa admirable (muy superior a la de muchos supuestos narradores y no se diga a la del crítico promedio). La prosa crítica e histórica como lo que debe ser: una obra de arte. Así, el crítico e historiador deviene artista de la única manera posible: a través de la forma. Dentro de algunos años, cuando –extintas las pasiones, disueltos los grupos y apagados los amores y los odios– se lea su obra, se verá con claridad que Christopher Domínguez Michael logró en algunas de sus páginas el objetivo más alto al que puede aspirar este modesto oficio: crear una literatura sobre la literatura. ~


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