La supervivencia del poeta

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     Tomás Segovia, Salir con vida, Pre-Textos, Valencia, 2003, 84 pp.

 
     Dos poemas extensos —tan caros a Segovia— abren y cierran este poemario, el primero que publica el autor hispanomexicano tras la vasta antología En los ojos del día (2003). Entre ambos encontramos un conjunto de piezas breves y, me atrevería a decir, menores, en las que brilla su pericia metafórica y su poderoso sentido del ritmo. Pero es en ese par de poemas liminares donde radica el mérito fundamental de este libro. El primero, titulado “Sobreviviéndome”, es un acto de desolación. Articulado en metros impares y en versos blancos, constituye una ácida reflexión sobre la nada de la vida y la desaparición de lo vivido. El yo poético se enfrenta, tras un acontecimiento traumático que no se nos especifica, a una sensación de vacío que no sólo permea el presente, sino también —y esto es lo más significativo— el pasado. El yo, enajenado, se siente otro, es otro; pero también lo es el yo recordado, el yo que creía en la realidad de las cosas, el yo arrebatado por el pálido júbilo de existir: “No es la fe en el futuro lo que está suspendido/ Es la duda infecciosa que me ahoga el pasado/ Me dejo ir de espaldas sobre la nostalgia/ para huir de la angustia en sus nubladas playas/ Y lo que encuentro en ellas/ Es la guarida misma de la angustia”, escribe Segovia. El poeta parece haber llegado a un punto sin retorno, un precipicio al que se asoma entre confuso y desolado: el de la pérdida absoluta. Así, el ser es una cáscara vana; el interior, una luz ausente; la vida “no es nada ni es de nadie”; hasta el dolor ha muerto. Tampoco el futuro —ese futuro inasible de la vida ultraterrena— escapa al hastío y al desamparo: “Buscar refugio en otra vida/ Es hundirme dos veces en la bruma”, dicen unos versos que recuerdan aquellos otros de José Ma Fonollosa: “Rechaza otro existir […]./ Otra vez no. Una vez ya es demasiado”. El poema se desarrolla con la majestuosidad fluvial, pastosa, atravesada de limos obsesivos, habitual en Segovia. Recamado de metáforas, repeticiones y paradojas, el lenguaje despliega un tono agónico, que comunica una sensación de honda desesperación, próxima a veces al nihilismo, aunque no exenta de serenidad.
     El último poema del libro, “Horas libres”, complementa y a la vez presenta un contrapunto, al texto inaugural. Si “Sobreviviéndome” arranca con una invocación al invierno, “Horas libres” es un poema estival: “…vino esta otra luz/ Corpulenta violenta atropellada/ La luz sin miramiento del verano/ Y barrió aquella raya de un alba delicada”. Las connotaciones luminosas, germinativas, de la estación impregnan el poema, que acierta a afirmar la esperanza, la vigencia del recuerdo, el calor del ahora. La cercanía del fin sigue royendo al poeta, pero las lúgubres certezas con que se inicia Salvar la vida se repliegan en favor de una conciencia más dilatada, que abarca también el amor experimentado —y aún posible—, el tiempo eterno de la juventud, el puro e ilimitado hecho de respirar, de construirse, de palpar en lo breve lo infinito. Segovia es rotundo: “Tal vez ya no me queda por delante/ Ninguna vida que soñar/ También está vivida la vida que soñé/ […] Pero sigo teniendo una vida/ Que desnudar y que hacer mía/ Una vida que liberar/ Una vida en que liberarme”. El tiempo pasado no es, pues, una entelequia: ha existido; e irradia todavía su fuerza, que incita a proseguir el camino. Toda vida se compone de dos vidas: la ya transcurrida, y ese instante infinitesimal que habitamos, llamado presente; se contraponen, pero también se interpenetran. Los días son un palimpsesto cuyo poso de tinta, invisible, es nuestro yo, y el humus en el que asentamos el hoy. El poema —un diálogo, en suma, con el “dios altanero” del tiempo— acaba con unos versos que recuerdan el inicio de Cuatro cuartetos, de T. S. Eliot, y que reproducen el viejo anhelo de su anulación. Dice Segovia: “Todo aquí en mi presente/ Toda con todo su futuro hoy presente”. Dice Eliot: “El tiempo presente y el tiempo pasado/ están quizá presentes los dos en el tiempo futuro/ y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado”.
     Entre “Sobreviviéndome” y “Horas libres” encontramos 47 poemas breves, que se agrupan en torno a dos ejes temáticos: los que integran la segunda parte del libro constituyen un diario poético, y los que aparecen en la tercera, salvo “Horas libres”, participan del espíritu de denuncia y de la crítica social. En “Días de después”, en efecto, cada poema —fechado— es un recuerdo, una fugaz impresión evocada. Y todo, hasta lo más pequeño —una galería de árboles, un fragmento de cielo—, sirve para componer el óleo ceñido e intenso. La presencia onerosa del tiempo es constante (“El tiempo/ esa cosa”), y exuda melancolía. Segovia se refugia a menudo en el pasado —en la infancia— y presta una atención preferente a los elementos de la naturaleza que mejor simbolizan la rueda eterna del tiempo, lo que pasa y vuelve y desaparece de nuevo: las estaciones, la luz, el viento, las nubes; en general, los momentos cromáticos del día: cosas aéreas, celestes, que no podemos atrapar, pero que nos oprimen con su permanencia. En lo estilístico, Segovia es insistente: opera por acumulación. Eso le lleva a la concatenación de imágenes, a los juegos verbales (“…el otro retoñar/ El retoñar de otoño el reotoñar”) y a poemas que, peligrosamente, distan poco del mero apilamiento verbal, como el titulado “Allá con él”. Su brío verbal explica lo mejor y lo peor de sus formas. Sus metáforas son suntuosas y tienen la remarcable virtud de dotar siempre a lo representado de una dimensión material: “silencio sin flecos”, “borbotón de tiempo”. El poeta maneja bien lo paradójico (“efímero imperecederamente”) y es un virtuoso de la adjetivación, aunque, a menudo, peca por exceso, y no es infrecuente hallar en el poemario hasta tres adjetivos ahogando a un sustantivo (“esta es la vasta vida oscura/ El tremendo oleaje fuerte y frío…”). Otro detalle espesante es su tendencia a reunir adverbios en mente: “Dulcemente mezclados a su afable desorden/ Muchos somos los vagamente ungidos…”. En general, se puede decir que Segovia obtiene mejores resultados cuando razona, dinámico, que cuando se limita a percibir y describir con morosidad lo percibido.
     La tercera parte de Salir con vida, titulada “Recalcitrancias”, agrupa también un conjunto de escenas de la vida cotidiana, aunque dibujadas con mayor tino figurativo y menor trajín verbal. Aquí, al contrario que en el resto del poemario, el registro es compacto, sentencioso; a veces, incluso panfletario. Los temas lo propician. Segovia critica las injusticias sociales —el hambre y la pobreza en “Loor al hambre”, el afán de lucro en “Epistemología”— y se mofa de algunos personajes de nuestra vida política reciente, no por insignificantes menos dañinos, como ese “jefe más lacayo/ Recogiendo mendrugos de su amo/ Sobre fondo de guerra y niños muertos”. Asoma aquí un Segovia satírico, acre, que rehuye los meandros elocutivos para golpear al bulto, y que acredita, una vez más, lo múltiple de sus preocupaciones y su versatilidad formal. –

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