Cartas cruzadas

La publicación de La pérdida del reino, de José Bianco, el legendario secretario de redacción de Sur, y la reseña que sobre este libro escribió Juan García Ponce, desató una generosa y lúcida correspondencia entre ambos narradores y críticos, que ahora rescatamos como homenaje a la generación de 1932.

Diciembre 2012 | Tags:

Bs. Aires, 13-III-73

 

Querido amigo:

Hoy martes me llega Plural con su crítica, pero desde el viernes pasado, cuando vine a Bs Aires a votar, lo leo a Ud. por la noche. Me acompañan esos libros que para mí repiten la misma imagen: un hombre, una mujer, el deseo convertido en amor, un amor que da amplitud al deseo, lo exalta, y que a la vez lo enaltece, lo purifica de ese fondo de egoísmo y de cólera tan característico del amor sensual (es de advertir que nunca aparecen los celos). Y todo ello se vive en una atmósfera de lucidez y de recogimiento. No es posible saber dónde comienzan y dónde terminan la vida sensual, amorosa, y la vida espiritual, intelectual. A veces, sin cerrar las páginas de esos libros cuidados, refinados, que se parecen materialmente a su contenido, sin una sola errata (¡qué diferencia con mi novela!) me detenía en sus retratos. Se me ocurría que Ud. era el héroe de sus fábulas. Imaginaba al joven innominado y feliz de La vida perdurable con los rasgos del muchacho meditativo, a punto de hablar, que vemos en la contratapa; al desventurado R., con las manos del hombre recio que lee a Musil y que ha escrito La invitación. Ud. habla en su crítica de “la perfección de mi estilo neutro”. Le aseguro que yo pienso con envidia en el suyo: ese estilo lleno de curvas y párrafos incidentales donde se ven y sienten muchas cosas que pocas veces se mencionan. Me gustaría escribir así. El viernes tomé La invitación, la terminé el domingo, y ayer en una noche, leí La vida perdurable. Una tensa calma en medio del sórdido estrépito de las elecciones. (Aún me faltan los cuentos y El libro, pero no quiero demorar en escribirle.) En sus novelas hay una sensualidad gris, envolvente. El lector desearía que las escenas de amor no acabaran. De pronto, reconoce sensaciones vividas. R., en plena felicidad, echa de menos su misma felicidad. Cuando uno es joven y está enloquecido de amor, es posible sentir por anticipado la nostalgia del presente. (A mí, me ha sucedido. Me pregunto: ¿Qué es el presente?) Después la escena del bar, de la cárcel, el desencuentro final… Tanto importa que los hechos sean o no reales. Por momentos, como en Kafka, lo real deja de serlo. Pienso en la escena en que el padre del amigo le pega al amigo con un periódico mientras la madre le sujeta los brazos, y el amigo da la impresión de llorar de verdad. Admirable. Otro detalle: en sus novelas me gusta la casa, la familia, las sombras movedizas del padre, la madre, la hermana, el cuñado, los perros. Digo sombras porque el tomo es gris, aunque el vestido de Beatrice sea color oro, y las jacarandas y las Santa Rita (buganvilias) den flores moradas. La vida perdurable (et pour cause!) es menos gris que La invitación, pero también es gris. Me fascina esa calidad gris, como sigilosa, que hay en una y otra novela. Admiré mucho “Literatura y pornografía” y se lo escribí a O. P. a propósito de un posible número argentino de Plural. Agregaba que hoy por hoy no creía que hubiera en mi país ensayistas tan inteligentes como en México. Yo también he pensado que la literatura debería romper sus moldes, utilizar la entonación agresiva, el carácter transgresor de la pornografía, para desechar las nociones abstractas de cultura y afirmar la vida del cuerpo. En el prólogo de mi novela, hablo de “unas páginas casi pornográficas que quizá pudieran interpolarse, mitigadas, en la escena final de otro capítulo”. Esas páginas existían, y pensaba utilizarlas cuando Rufo e Inés se conocen y acto seguido se acuestan. Llegué a esa escena, busqué mis páginas, las encontré con mucho trabajo (estaban escondidas en un libro) y después acabé por romperlas. No, no podían interpolarse, ni siquiera mitigadas. El amor físico (su descripción detallada y real es la pornografía) no convierte al ser humano en un objeto (me expreso mal: debería decir la lujuria, le vice, etc.) como tantas veces se ha escrito. Es siempre un ser humano para la otra parte, que lo siente igual o superior y sometido de buen grado, y a quien momentáneamente domina, esclaviza, le impone su aliento, un ser humano dentro del cual se mueve y que de una u otra manera mancha en la expansión del orgasmo. Por alguna razón se habla de “posesión”; por alguna razón se dice de una mujer: “ha sido mía”. Los amantes reconocen esta calidad necesariamente baja del goce físico, y a veces, como el Narrador y Albertine (La prisonnière) “no hay frases bastante perversas ni palabras bastante obscenas que no pronuncien mientras se acarician”. De ahí que se leguen esos momentos “a la intimidad de la alcoba”. De ahí que por respeto mutuo los mantengan como ajenos al amor, separados del amor que han suscitado y prolongan esos momentos. Porque son tan viles, precisamente, son tan excelsos, tan preciosos. Cuando el deseo físico desaparece, la memoria los olvida automáticamente. Por eso también, entre dos seres que ya no son amantes pero que continúan queriéndose, la amistad es más íntima y puede ser mucho más nítida, más límpida, más pura que con seres con los cuales ni uno ni otro hubiesen tenido jamás relaciones físicas. Todo esto necesitaría desarrollarse.

Termino esta carta interminable y advierto que aún no le he hablado de su crítica. Es de primer orden. Por momentos, tengo una especie de cargo de conciencia. Tengo la sensación de que a un mexicano debe aburrirlo una novela carente de color local y de tal modo argentina. Hay evocaciones de los años veinte que tal vez resulten ininteligibles a los mismos jóvenes de mi país. (Las sierras, la vida de Córdoba.) Piense Ud. que yo he cumplido 63 años. En noviembre fui a Córdoba. ¡Cómo estaba de cambiado! ¡Qué hubiera dicho nuestra Gabriela, la tía abuela de Rufo!

¿Cómo es posible ser tan inteligente y tan generoso? No hay una sola intención de mi libro que Ud. no haya percibido y señalado con un tacto sin igual: mi propósito de hacer una novela que fuera y no fuera tradicional, rehuyendo las técnicas actuales que admiro mucho pero que no son, dicho sea de paso, demasiado difíciles; la crítica social que está implícita en su misma ausencia; la deliberada mediocridad del héroe que no logra rescatarse por la literatura; la verdad convencional del mundo oponiéndose a la intangible fuerza de los fantasmas. No queda sino citarlo: “El signo del reino es su pérdida… La novela es la historia de una novela que no puede ser escrita, dentro de otra novela.”

Lo abandono, para seguir esta noche en su compañía. Sobre la mesa de luz me esperan EncuentrosEl libro.

Su deudor, su amigo

José Bianco

 

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México, D. F. a 11 de abril de 1973.

 

Querido Bianco:

Hace unos días recibí su carta. La he leído muchas veces, siempre conmovido y emocionado. El lugar desde el que ha leído mis libros y me ha escrito es el máximo al que uno puede aspirar. Si la literatura conserva algo de la persona que la hace es esa esperanza secreta del escritor de encontrar un lector que pueda leerlo como usted ha leído mis libros. Pero uno nunca o solo muy raras veces tiene ocasión de saber de la existencia de ese lector. Su carta me ha permitido imaginarlo leyendo mis libros. ¡Qué placer y qué emoción! Yo también sé de esa necesidad de buscar al autor, de encontrar su presencia, ante ciertos libros. Recuerdo que en 1967, año que me pasé como un maniático escribiendo un libro sobre Musil, de pronto miraba su fotografía y trataba de hallarlo en El hombre sin cualidades. Y más recientemente, se lo cuento porque esto le corresponde a usted, podría hablarle de mi lectura de las ciento cincuenta últimas páginas de La pérdida del reino, perdido en su lenguaje, sintiendo sin llegar a sentirlo bien porque la acción me apresaba cómo todo se iba centrando y uno se iba acercando a ese terrible punto final que de algún modo se espera y se teme. Pero la literatura siempre recomienza. Uno llega al final y todo vuelve a empezar. El escritor se ha quedado entre las palabras, presente y ausente. Quizás eso es lo único que se busca. Se escribe para aparecer en esa desaparición. A mí me parece un movimiento semejante y de la misma naturaleza espiritual de la que usted menciona en relación con el deseo. Se trata de transformar obedeciendo a la misma naturaleza de lo que se transforma para encontrarlo en toda su pureza. Yo creo que lo que usted ha visto en mis libros es exactamente lo que yo buscaba, pero tal vez yo mismo no lo sabía hasta que su mirada me ha permitido verlo. No pretendo afirmar ingenuamente que no conocía mis intenciones. Para mí no hay autores ingenuos. Lo que pasa es que eso solo puede verse desde afuera. Es como ese deseo del que usted habla que yo hablo y que solo se muestra en su auténtica dimensión cuando la literatura nos permite contemplarlo. Usted apunta a una zona que a mí me interesa fundamentalmente: el momento en el que el deseo cristaliza en una imagen. Allí entramos a una maravillosa contradicción. El signo del reino, en efecto, es su pérdida, pero en el momento en que la pérdida aparece recuperada por la literatura ¿no se convierte definitivamente en un encuentro? Todo esto, me parece, tiene que ver con el carácter del presente del que habla en su carta. Me hace pensar también en Proust. Después de todo, Albertine es siempre inapresable para el narrador, pero con qué nitidez aparece para nosotros en toda su variedad y sus contradicciones en el seno de À la recherche. Lo que yo he tratado en todos mis libros, que tengo que admitir como usted ya habrá advertido que son libros de maniático, obseso con una sola idea o una sola visión, es de fijar una imagen cuya intensidad nos llega a través del deseo. El deseo rompe y organiza esa imagen al mismo tiempo. Por eso hay que llegar en su tratamiento hasta lo obsceno en sí, hasta lo que creo que los dos reconocemos como lo pornográfico. Pero hay tantas cosas de las que me gustaría hablarle por culpa suya ya que su carta es la que me lleva a ellas… Temo ser excesivo y me da pudor; prefiero refugiarme un poco en La pérdida del reino. Tengo muy presente en el recuerdo de mi lectura esas páginas pornográficas que usted menciona. ¿Las ha destruido realmente? Dentro del contexto de la narración tal vez no cabían, en efecto. Hay en ella una continuidad de tono que no podía romperse, pero fuera de la perfección formal de la novela me daría nostalgia la pérdida de esas páginas. Yo tuve siempre presente durante mi lectura su existencia del mismo modo que nunca se me borró el recuerdo de la fotografía de Inés desnuda que el narrador encuentra entre los papeles de Rufo. La existencia de esa imagen pone sobre Inés un acento que está siempre presente. Así, con la nitidez y la ambigüedad que uno adivina en la fotografía, tendría que aparecer la imagen que valga por todas las imágenes en mi literatura. ¿Cómo lograr eso? Pero vuelvo a empezar… Lo que yo quiero decir está ya perfectamente visible en Proust y usted lo ha visto en sus ensayos. El presente es fantasmal, pero el lenguaje, como diría Borges, lo vuelve de hierro.

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