Nuevo elogio de la calvicie

Ensayo

La historia cultural de la calvicie es también la de los múltiples esfuerzos por combatirla, por aferrarse al poder simbólico que las luengas cabelleras entrañan. El doctor González Crussí traza con erudición y sentido del humor esa historia y desliza algunas críticas a la “medicalización” de nuestra existencia.

Febrero 2011 | Tags:

 

La enfebrecida imaginación poética ha venido construyendo, en el curso de siglos, incontables tropos que celebran la cabellera femenina. Hilos de oro, de seda, rayos de sol, azabache, astracán, olorosos vegetales y dulcísimas hierbas: ¿qué no han visto los poetas brotar de la cabeza de la amada? Si se sienten melancólicos, hablan de redes que los mantienen cautivos; si líricos y arrebatados, se figuran angelicales fibras donde no hay sino excrecencias pilosas; si soñadores, ven hilos mágicos para el dosel del trono del Santísimo donde no hay sino matas de pelo –que serían greñas sin el champú dos o tres veces por semana. Es que la cabellera tiene una carga erótica que cualquiera puede apreciar, sobre todo quienes lucran con lociones, brillantinas, tónicos y demás preparaciones supuestamente capaces de incrementar esa carga, ese fluido, esa invisible y poderosa atracción sobre los miembros del sexo opuesto. Los viejos que no hemos perdido completamente la memoria, recordamos el nombre de un producto de belleza capilar, Glostora, y el estribillo publicitario con que los comerciantes hace más de medio siglo machacaban nuestros oídos y atosigaban nuestros nervios: “Glostora, para un peinado que enamora.”

Del tenuísimo, apenas perceptible roce de cabellos contra un ser sensible y receptivo se despierta una fuerza, invisible como la electricidad estática que Tales de Mileto descubrió frotando el ámbar, pero mucho más poderosa: el invencible acuciamiento del sexo. Ya Margo Glantz hablaba “de la erótica inclinación a enredarse en cabellos”, feliz expresión que explica en su escueta concisión lo que enteros tratados de antropología apenas esbozan: que la cabellera en el ser humano no es adaptación biológica de protección contra las inclemencias del clima –cómo había de serlo, cuando solo la cabeza está adecuadamente guarnecida– sino un clamoroso llamado a perpetuar la especie. Pero también hace notar la talentosa escritora que toda atribución a la cabellera femenina podría sin merma trasladarse a la masculina; y nos recuerda una novela póstuma de Hemingway, The Garden of Eden, donde una mujer de cabellos cortos adopta el papel tradicional masculino en una tórrida relación sexual con un hombre que se los deja crecer largos. En el acto sexual mismo, Hemingway hace que sus personajes inviertan los papeles tenidos por tradicionales para un sexo y otro. Curiosa situación: Hemingway, celebrado epítome del machismo, cazador de leones en safaris, desafiador de la muerte, piloto de guerra, boxeador, y aficionado de “la fiesta brava”, viene a decirnos que los linderos entre un sexo y otro son imprecisos, desvaídos, y a fin de cuentas ilusorios; que no hay frontera tajante entre masculinidad y feminidad; y escoge como insignia y sello de esta vaguedad la longitud de los cabellos de su novelesca pareja: largos en el macho, cortos en la hembra.

La verdad es que basta una somera ojeada a la historia para descubrir que todo cuanto se ha dicho de la melena mujeril –fuente de orgullo, arma de seducción, motivo de vanidad, timbre de identidad corporal– pudo haberse dicho con igual justificación de la cabellera masculina. Los antiguos griegos parecen haber dado mayor atención a la belleza capilar del hombre que a la de la mujer (y no se diga que son un caso especial por sus conocidas preferencias sexuales, pues no son los únicos en expresarse así). Al menos Homero se detiene atento ante el esplendor piloso de sus héroes sin que las melenas femeninas, ni siquiera de las diosas, le merezcan parecido miramiento. En la Ilíada, llama a Afrodita “áurea”; a Hera, “la de los ojos grandes”; a Tetis, “la de los pies de plata”. Solo tratándose de Zeus no tiene empacho en nombrar “la divina cabellera del rey” (I, 529).

En cuanto a los hombres, alabó el poeta por igual el cabello de griegos y troyanos. Cuando Atena se aparece en la tierra, detiene a Aquiles “por su pelo rubio” (I, 197), y cuando este héroe ata el cadáver de Héctor a su carruaje, y así amarrado lo arrastra por la tierra, Homero no encuentra mejor modo de realzar el patetismo de la escena que describiendo cómo “su oscuro pelo fluía desparramado, y toda en el polvo yacía la cabeza que antes había sido tan bella”, mientras que su madre contemplaba horrorizada el espantoso espectáculo, aullando de dolor.

En otro dramático episodio de la Ilíada, Menelao da una lanzada mortal a Euforbo (XVII, 51 y sigs.). Lo ensarta por la garganta y recarga todo su peso sobre el arma, cuya punta de hierro emerge del otro lado del cuello de la víctima. Euforbo, el más apuesto y agraciado de los troyanos, se desploma, exánime, entre el estrépito de su armadura. Homero escribe que el cabello del héroe muerto luce aún bello “como el de las Gracias”, pero ahora “empapado en sangre... y sus trenzas entretejidas con oro y plata”.

En la Odisea, Atena rejuvenece a Ulises dándole ropajes nuevos, restituyéndole su antigua complexión, y ¡cómo iba a faltar!, oscureciendo su cabellera (XVI, 176). En esta misma obra, cuando Atena desea que Ulises parezca guapo a los ojos de Nausícaa, lo hace más alto y más fornido que antes, pero el detalle que más merece la atención de la diosa es la cabellera del héroe, a la cual vuelve más espesa y la hace “fluir hacia abajo en rizos que son como floración de jazmines” (VI, 230 y sigs.).

Está claro que, entre los antiguos, el machismo –en el sentido de arrestos para guerrear o acometer– no estaba peleado con el minucioso atildamiento de la cabellera masculina. Herodoto nos cuenta, en sus Historias (VII, 208), una curiosa anécdota al respecto. Ocurrió en el año 480 a.C. Trescientos valerosos espartanos están por enfrentarse a las numerosísimas huestes de Jerjes, el rey persa, en el famoso paso de las Termópilas. Los persas mandan un espía para estimar la magnitud de las fuerzas griegas que van a confrontar. Numéricamente, la disparidad de fuerzas de los contendientes es inmensa: son miles los invasores, contra trescientos griegos. ¿Y qué hacen estos la víspera del desigual combate? El espía apenas puede dar crédito a sus ojos. Los espartanos no se entrenan, no se apresuran, ni se afligen: gastan su tiempo peinándose unos a otros la cabellera. Cayeron los griegos, pero, según los historiadores, solo porque los persas descubrieron otro pasaje que les permitió sorprender a sus valerosos enemigos por la retaguardia.

Hasta es posible que el coraje, el arrojo, se haya relacionado con el pelo. No quiero citar el lugar común de Sansón, quien, después de todo, representa solo la relación fuerza muscular-luengas mechas. Hay otra curiosa historia, de interpretación más difícil, en la Grecia antigua. Pausanias nos habla, en su Descripción de Grecia (XIV, 7-XV), de un tal Aristómenes de Mesenia, héroe excelso que, al decir de Pausanias, en nada desmerecía del gran Aquiles de la Ilíada. Tuvo una vida romántica y azarosa. Encabezó una rebelión contra Esparta, la nación que había reducido a todos los habitantes de su patria, Mesenia, a la abyecta condición de ilotas o siervos. En el curso de sus aventuras cayó preso por los espartanos. Sus captores lo ejecutaron, abrieron su cadáver, y, ante el azoro general, se descubrió que tenía un corazón con pelo. ¿Un corazón hirsuto? Esto sí que me sorprendió; sin embargo, parece haber sido una creencia general en la antigüedad grecorromana. Plinio el Viejo, en su Historia natural (XI, 184-5), nos asegura que era versión corriente en su tiempo que los hombres notables por su valentía y arrojo tenían un corazón piloso.

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