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Saltapatrás

Espías a la mexicana

Acabo de leer Our kind of traitor (2010) de John le Carré, el genial escritor inglés de novelas de espionaje (más bien de “inteligencia”, por el asunto y por el fascinante cálculo con que las escribe). Es buena, pero lejos de los espejeantes rompecabezas que protagonizaba George Smiley en las novelas de la guerra fría. Una de ellas, Tinker, tailor, soldier, spy (1974), recién degradada a película, parece revivir el interés popular en el viejo arte del espionaje.

Lo hace en coincidencia con otros espías que figuran en la prensa reciente y que involucran a México. La más interesante es que los servicios secretos de Irán, Cuba y Venezuela urdieron un ataque cibernético contra Estados Unidos. Habrían contado con un profesor que fue de la UNAM, Francisco Guerrero Lutteroth, que a su vez habría reclutado unos hackers. Uno de estos, Juan Carlos Muñoz Ledo, fingió entrarle solo para denunciar el complot al FBI y acusar al profesor de espía de los cubanos. El contacto venezolano, la cónsul en Miami Livia Acosta, fue expulsada de EUA y el líder Hugo Chávez, ofendido en su sensibilidad bolivariana, mandó cerrar el consulado. Es rarísimo: un mexicano con escrúpulos morales se hace agente doble motu proprio y engatusa, él solito, a tres experimentadas agencias de espionaje internacional...

Ser espía en México es difícil. Si ayuda la propensión a la mentira, la corrupción y el agandalle, estorba el instinto para el desorden, el chisme y la baladronada. En marzo de 2006, con información de los Archivos Venona, armé en Letras Libres “Rescatando a Mercader”, transcripción de los documentos del plan de la GRU(Inteligencia Militar Soviética) para rescatar a Mercader de Lecumberri. Era muy gracioso: los cables cruzados entre la embajada soviética en México y la GRU están llenos del horror de Laurenti Beria y sus espías ante la pasmosa capacidad de sus agentes mexicanos para hacer pendejadas y trampas: uno de ellos por ejemplo, Juan Gaytán Godoy, encargado de comprar el barco para trasladar a Mercader a Cuba, desaparece con los rublos y la esposa de un ruso.

Pero mi espía mexicano favorito es uno que también estuvo años al servicio de la GRU. Su incursión en los anales del espionaje cubre de gloria a la Patria. Su historia se lee en Cassidy’s run. The secret spy war over nerve gas (Random House, 2000) de David Wise. Este mexicano ayudó a ese Joseph Cassidy, del ejército de EUA, a entregara los soviéticos 4,500 documentos secretos sobre el empleo militar de gases letales. La operación duró veintidós años y Cassidy nunca fue descubierto... por los pendejos soviéticos. Jamás supieron que Cassidy era un agente doble y que los documentos estaban diseñados para hacerles perder tiempo y recursos. Al terminar la operación, en 1980, los norteamericanos atraparon a una docena de espías que se enteraron, pasmados, de que habían sido marionetas del imperialismo durante años.

El mexicano era uno de ellos. Entrenado por la GRU desde 1963, debutó en el caso en Florida, en 1971. Cassidy había plantado un microfilm dentro de una piedra de papel maché debajo de una palma. Con sus cámaras listas, el FBI identificaría al agente que lo recogería. Una mano apareció por detrás de la palma, tentaleando el suelo buscando la “piedra”, sin hallarla. Clic. Entonces, el espía hizo su primera pendejada: salir del escondite. Clic, clic, clic.El FBI no lo identificó. Entonces el espía hizo su segunda pendejada: recogió la piedra y se fue corriendo sin dejar la “marca” que indicaba que el paquete había sido recogido. El FBI se desconcertó, pues eso rompía el método. Pero entonces el espía hizo la tercera y la peor de sus pendejadas: regresó al sitio en un auto, se bajó y puso la “marca”. Clic, clic, clic a las placas. Y ahí fue cuando demostró por qué los mexicanos no sirven para espías: había rentado el auto con su nombre real: Gilberto López y Rivas. El FBI lo apodó “Palmerita” (palmetto). Una semana después, su casa y oficina estaban llenas de micrófonos y cámaras: sin saberlo, “Palmerita” comenzó a trabajar para el FBI, creyendo que ayudaba a la URSSa crear un revolucionario arsenal de gases letales. (Resumo la entrevista con David Wise en www.booknotes.org/Watch/156370-1/David+Wise.aspx)

En 1978, el FBI expulsó a “Palmerita”. De inmediato comenzó a dar clases en la UAM, luego sería director de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), consejero del Frente Sandinista y el EZLN, profesor del INAH, editorialista de La Jornada, delegado en Tlalpan, diputado del PRD en dos ocasiones. (Cuando se candidateó le contó a los líderes del PRD que había espiado para la URSS. Según él, le contestaron “que no era problema y que hasta podría ser ventajoso”. Entrevistado cuando circuló el libro de Wise, se declaró “orgulloso” de haber trabajado para la inteligencia soviética. En fin.)

La torpeza nacional para el espionaje está mejor ilustrada solamente por una escena inolvidable en alguna película de Juan Orol. Dos tipos se encuentran en la calle. Uno le dice al otro: “¡Quihubo, manito! ¡No nos vemos hace años! ¿En qué andas?” Y el otro –actuado por Orol, claro– contesta: “Soy agente secreto.” Nada que hacer. ~

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Comentarios (2)

Mostrando 2 comentarios.

Después de un terrible día, leer esta columna de Sheridan fue bálsamo puro. no deje de reir, más allá de lo patético que resulta el relato. Siempre la ironía es más crítica que la verdad pura.

No me extrañaría que "El súper agente 86" ("Get Smart") esté basado en el sin par espionaje y contraespionaje mexicano. Aunque, claro, bien puede ser un garlito, y en una de ésas Federico Campbell tiene razón cuando dice que "la red mexicana de espionaje y contraespionaje es tan buena que nadie, ningún mexicano, cree que exista".

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