Puro glamour VIII. Cómprate un piso

Puro glamour VIII. Cómprate un piso

Cuando fuimos al banco a preguntar por una hipoteca descubrimos que para poder ser pobre, antes hay que ser rico.
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Primero fuimos a ver un piso en alquiler en la calle Predicadores, muy cerca del Mercado Central de Zaragoza. Tenía chimenea, mucho pasillo y las paredes estaban estucadas. Tenía bastantes metros pero la distribución era un poco rara. El estucado se puede quitar, dije. No voy a quitar el estucado de una casa en alquiler, dijo mi novio. Y creo que en ese momento decidió que íbamos a comprar un piso. Volvió a instalarse la aplicación para buscar casas en el teléfono. Unos días después me dijo que íbamos a ver un piso en Casta Álvarez, muy cerca de Las Armas. Está destrozada, me advirtió.

La calle Casta Álvarez es paralela a Predicadores, empieza en el Mercado Central y poco a poco se va convirtiendo en una calle de pueblo: casas bajas, con cochera en la planta baja, apenas hay circulación y la gente te saluda cuando te cruzas por la calle. La casa estaba destrozada. Era un primero sin ascensor. No había luz en la escalera aunque estaba recién reformada. El comercial se movía con agilidad, llevaba tirantes y una mascarilla negra con una virgen del Pilar estampada. Nos preguntó si teníamos hijos. Tres. Qué máquina, le dijo a mi novio. En cuanto entramos en el piso nos empezó a contar que el último inquilino tenía Diógenes, no nos imaginábamos cómo estaba aquello, no se podía entrar. Pero tiene muchas posibilidades, claro. Enseguida nos empezó a llamar por nuestro nombre, enseguida era como si fuéramos amigos, como si no estuviera haciendo su trabajo sino un favor a unos conocidos. El piso estaba realmente destrozado: unos días antes habían sacado el cadáver de una rata de la cocina. Había agujeros en el techo porque habían revisado la estructura. Mi novio señaló uno de los tubos y preguntó si era la bajante. No creo, dijo el comercial, porque los míos no caben por ahí, así te lo digo.

Los ventanales daban a la plaza de las Armas. El comercial era de Casetas, como el novio de mi hermana. Había trabajado cerca de la casa de mis padres, en Garrapinillos. Mientras íbamos descubriendo pequeños hilos en común pensé en las videntes que te hacen creer que han adivinado tu vida cuando lo único que han hecho es escuchar lo que decías.

Unas semanas después volvimos a la casa de Casta Álvarez con un aparejador primero y con un estudio de arquitectura después. Mientras mi novio hablaba con el aparejador, el comercial hablaba conmigo. Yo es que soy como él, me veo reflejado. Mira, yo te digo una cosa, yo tenía una pareja que siempre me decía que no a todo, todo le daba miedo, y luego cuando las cosas estaban hechas me daba la razón. Por eso me separé. También nos contó una historia un poco extraña que implicaba un coche y un juicio.

Luego mi novio me pidió que bajara a hacer tiempo con los del estudio de arquitectura, que estaban esperando ya abajo. Eran un chico y una chica. Los dos muy jóvenes. Ninguno parecía de Zaragoza, aunque creo que el chico lo era. Les dije lo que sabía del edificio: creo que era de los de la cruz, esos que van con un palo y unas flores recorriendo la ciudad. Al parecer, alguien le donó el edificio al padre X, y luego no sé bien cómo llegó a los dueños de ahora. En el balcón que da a Casta Álvarez aún había un palo con flores. Ni siquiera ahora sé cuántos pisos más tenía el vendedor ni de quién era el resto. Había una cierta confusión en todo, revestida de una aplastante seguridad. Un rato después bajó mi novio, despidió al aparejador y subimos de nuevo, esta vez con los del estudio de arquitectura. Recorrían la casa, tomaban notas, miraban a mi novio y se notaba que les daba muchísimo asco el estado del piso: no se acercaban a las paredes. La chica y yo nos asomamos por la ventana. Abajo, en la terraza del vecino de abajo había una rata. Viva y enorme. La chica se alejó de la ventana y yo me quedé mirando: hacia dónde iba, me pregunté, ¿podría subir la rata por la pared?

Me volví a quedar sola con el comercial: lo que me gustaría, me dijo mirándome a los ojos, es que os quedarais con mi teléfono y cuando estéis instalados me llamarais y me enseñarais cómo habéis dejado la casa. De verdad. Nos separamos de los chicos del estudio de arquitectura en la esquina de don Jaime bajo una fina lluvia.

Todo esto pasó antes del verano. El comercial quería que firmáramos cuanto antes, unas arras, una señal, algo. Se puede hacer todo supeditado a la concesión de la hipoteca, nos decía. Y además, nosotros tenemos una financiera. Quédate tranquilo. Seguía llevando tirantes y traje y corbatas llamativas aunque estuviéramos en julio.

Cuando fuimos al banco a preguntar descubrimos que para poder ser pobre, antes hay que ser rico: la entrada del piso, la entrada de la reforma, los impuestos, los gastos, etc.; todo eso había que tenerlo ahorrado o que te lo dejaran.

Antes de que acabara el verano, decidimos que no compraríamos el piso de Casta Álvarez. La semana que los niños empezaron el cole, mi novio escribió al comercial para contárselo. Poco después, en una nota de voz, el comercial le daba las gracias por avisar y se le colaba una risa amarga cuando decía que tal vez podíamos haber buscado otra cosa para canalizar todo el esfuerzo. Me pareció una manera muy elegante de decirlo.

Ahora mi novio se cruza casi todos los días con el comercial del piso de Casta Álvarez en una cafetería con terraza muy cerca de casa. Le ha dicho que él lo que quiere es que seamos felices.

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