Puro Glamour XVI. Piñas, manzanas y naranjas

Vivimos en la parte histórica de la ciudad, dentro de lo que era la ciudad romana amurallada. Hay una iglesia que a mí me hace pensar en Roma, en la idea que tengo de la ciudad porque nunca he estado.
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Esa tarde estábamos solas en la ciudad mi hija pequeña y yo, los mayores aún tenían vacaciones y se habían quedado en casa de mis padres, en Garrapinillos. Como habíamos pasado unos días allí, la nevera de nuestra casa estaba vacía. Mi hija pequeña y yo salimos en busca de víveres para llenarla. El carrito seguía en casa de mis padres, pensé que la niña aguantaría caminando: la charcutería no estaba lejos. Al llegar allí, nos preguntaron por el resto de la familia, antes de preguntar qué nos ponían. Mi hija pequeña quiso pavo y jamón, mortadela de esa que compramos para el almuerzo de su hermana mayor. La ciudad seguía de vacaciones y había un ambiente de final de fiesta. Las tiendas estaban abiertas, pero aún había conciertos y actividades para los niños. 

No me di cuenta de que me había dejado las llaves en casa hasta que estábamos en el portal de vuelta: en ninguno de los bolsillos, tampoco estaban en la bolsa de tela. Cómo podía ser tan despistada. Revisé de nuevo todos los bolsillos: los dos del abrigo, el interior, los de los pantalones. Nada. Le escribí un mensaje a mi novio. Me dijo que vendrían en un rato. Le dije que seguía haciendo méritos para ser madre del año. 

Vivimos en la parte histórica de la ciudad, dentro de lo que era la ciudad romana amurallada. Nada más salir, bajando un poco hacia el río y a la derecha, hay una plaza. Ahí, bajo esa plaza, está el museo del foro romano. Hay una iglesia que a mí me hace pensar en Roma, en la idea que tengo de la ciudad porque nunca he estado. Pero el suelo de mármol y los edificios imponentes me recuerdan a la imagen que he construido a base de películas y libros de la ciudad. Una amiga, en cambio, dijo que la fachada de esa iglesia le recordaba a Indiana Jones y la última cruzada, Petra, apostillé. Y luego me acordé de las fotos que otra amiga me enseñó de su viaje a Petra. La iglesia que a mi amiga le recuerda a Indiana Jones tiene una fachada blanca barroca clasicista y una pared mudéjar. 

Me estaba lamentando de mi torpeza en el portal cuando pasó por delante mi amiga Laura. Desde que yo había vuelto a la ciudad, aunque éramos vecinas, apenas nos habíamos cruzado. Nos saludábamos pero no nos parábamos a hablar. Laura y yo habíamos hecho teatro juntas y nos llevábamos bien, luego dejamos de vernos y más tarde se enfadó porque escribí un cuento en el que había un personaje en el que se reconoció. En nuestra reconciliación definitiva fueron fundamentales dos elementos: mi hija pequeña y su perro, Piña. También que yo no pudiera entrar en mi casa. 

Mi hija compartió un poco de mortadela con el perro y dejó que Piña le chupara la mano. Yo pensaba en eso que dicen las abuelas: que los niños tienen que hacer defensas. Cuando mi amiga supo que estábamos sin llaves, nos invitó a su casa, estaba en la misma calle un poco más arriba. Al llegar a su portal, una de sus compañeras de piso estaba descargando maletas y cajas de un coche subido en la acera. Había hasta una bici desmontada. La compañera de piso de Laura hablaba con un fuerte acento gallego, le dije que mi padre es de Arteixo, pero que hace mucho que no tiene acento. Mi hija pequeña y yo les ayudamos a descargar y subir las cajas y a cambio nos dieron manzanas. 

La casa de mi amiga era un piso compartido: vivían cuatro personas, la cocina es abierta y tiene una barra. La habitación de mi amiga tiene su propio baño. Como Madonna, le dije. Había algo adolescente en la casa: las zonas comunes, los muebles medio reciclados, las mantas cubriendo cojines enormes que antes fueron de un sofá, y ese ambiente entre Los amantes regulares de Philippe Garrel y Frances Ha. Uno de los compañeros de piso es músico, otra actriz, mi amiga tiene una compañía de teatro: hizo un espectáculo sobre su relación con su madre. Su madre se enfadó un poco cuando lo vio, pero ahora se llevan mejor que nunca, me dijo. Pensé si me había perdonado lo del cuento ahora que ella había estado en el otro lado. Todos los que vivían en esa casa tenían profesiones temporales y atractivas, un poco bohemias. Había cierta inestabilidad en su vida, sí, pero eso hacía que nada estuviera completamente cerrado, tenían espacio para la aventura y la improvisación. 

Mi amiga me dijo que en la plaza San Bruno iba a empezar un concierto en un rato, tal vez podíamos esperar allí hasta que llegara mi novio con nuestros hijos y las llaves de casa. Se había reservado esa plaza para los conciertos de folclore, esa tarde tocaba Rodrigo Cuevas. Me preguntaba si huyendo a casa de mis padres me habría perdido sin saberlo a Los hermanos Cubero. Mi hija se había comido ya dos de las tres manzanas que nos habían dado. En la plaza había bastante gente. Nosotras estábamos fuera del recinto del concierto, separado con unas vallas. Pero podíamos ver el escenario sin problemas. 

Mi amiga me contó que había conocido a un chico por una aplicación de ligar, que al principio le daba vergüenza y no sabía si sería capaz de moverse ahí bien. Luego dejó de importarle que fuera una a través de una app. El chico le gustaba mucho y dentro de unos días iban a verse de nuevo. Estaba ilusionada pero tranquila. Al rato llegó una chica a la que las dos conocíamos aunque por razones diferentes. Laura y ella se pusieron a hablar del grupo que tocaba al día siguiente, para ese sí habían comprado entradas y lo verían dentro del recinto. Era la primera vez que oía el nombre del grupo, que intenté memorizar con nefastos resultados. Luego llegó otra gente a la que solo conocía yo. La plaza se fue llenando conforme se hacía de noche y se acercaba la hora de que comenzara el concierto. Cuando llegó mi novio con los niños, las maletas, el carrito y un montón de naranjas que nos había traído mi tía, mi amiga y yo ya nos habíamos separado. Mi novio fue a saludarla y le ofrecimos naranjas. Los niños no querían hablar pero jugaban con el perro. Nos quedamos un rato más en la plaza, los niños estaban hambrientos y se comieron todo el jamón cocido que habíamos comprado. 

Cuando empezó el concierto, los niños se pusieron a bailar. El carrito estaba un poco apartado, cargado con las bolsas y las naranjas. La gente miraba a los niños y sonreía. Habían hecho un corro los tres y el mediano se había caído. Ahora los tres se reían. El perro de Laura se acercó, probablemente a por comida, pero ya no nos quedaba mortadela. Se estaba haciendo tarde. Aún había que llegar a casa y preparar la cena. Al día siguiente había que madrugar para ir al cole. Antes de que empezara la tercera canción, nos despedimos de Laura con la mano y empezamos a alejarnos de la plaza con el carrito lleno de bolsas y los niños correteando alrededor.

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