If you tolerate this your children will be next

Y un hombre, un hombre provee. Y lo hace aunque no sea apreciado, o respetado, o incluso amado. Simplemente lo sobrelleva y lo hace, porque es un hombre.

Gus a Walter White en Breaking Bad

 

Una noche, por fin, mis peores temores se cristalizaron. Tuve un encuentro con un sicario. No era la primera vez que topaba a uno. Solía encontrármelos en los burritos de hielera de la deportiva los sábados a las dos de la mañana. En la fila del banco, Oxxos, semáforos en rojo, en el estadio de futbol. Cargando gasolina. O en bares y cantinas de mala muerte. Hasta en la barra del Applebee’s. Bastaba con güacharles la pinta, el paradillo, para saber que estaban al servicio de la delincuencia. Eran oficiosos, listos, entregados. Y estaban morros. En edad de ser escolapios. Si a cualquiera de ellos le hubieran ofrecido por estudiar los mismos dos mil quinientos a la semana que le pagaban los capos, estoy seguro que no abandonarían al narco. La escuela no otorgaba poder: la ranfla, los corridos a todo volumen, el Tecate entre los güevos, la nariz constipada de coca, que los policías te la pelen.

Y contra todo eso me estampé aquella noche. Repito, no era la primera ocasión. Pero esta vez fue diferente. No andaba solo. Me acompañaba mi hija. Salimos del cine a las 9:50 y no había ni un pinche taxi en la calle. Ni siquiera eran las putas diez y la ciudad ya se había dopado. Parecía que se había metido un par de clonazepames y no despertaría en dieciséis horas. Era sábado. Sentí cómo toda mi miseria se me vino encima. Me recriminé por haber sido tan estúpido. Me arrepentí de llevar a la nena a una función que terminara a esa hora. Mi hija me rogó tanto por la película, que fui incapaz de negarme. Debí decirle que no. Debimos esperar al día siguiente. Pero ya ni existía el matiné. Nunca en mi vida me había sentido tan vulnerable. Parado en un bulevar con mi heredera en los brazos, más una cubeta de palomitas y una diadema. “Qué vas a hacer ahora, imbécil”, me preguntaba. “¿Caminar con una niña de cinco años por Torreón a esta hora?”.

Comencé a paniquearme. Podría quedarme toda la madrugada en esa esquina y el taxi no aparecería. No había tráfico. De vez en cuando pasaba un vehículo hecho la madre. Probablemente miembros de algún cartel. Y lo peor, nadie salió por la misma puerta que nosotros. En una situación así no tendría reparos en pedirle aventón a unos extraños. Aunque quizá resultaría igual. Los sicarios también van al cine. No podía pensar. El miedo me había paralizado. Debí llamar a un amigo, a la mamá de mi hija, a un compañero de la oficina, y pedirle que fuera a recogernos. Pero todo me era confuso. Estaba desesperado. Y no podía reaccionar adecuadamente. Lo que sí hice fue marcar a los radio taxis. En una línea no me atendieron. En otra sonaba ocupado. Después de seis intentos supe que así sería la noche entera. Finalmente, unos me contestaron. Escuché angustiado cómo la operadora preguntaba “¿Quién cubre, quién cubre, quién cubre?” Pero nadie respondió. “No hay quien cubra, joven”, me dijo la morra. Ya eran las diez y media.

Abatido, resoplando, me senté en una jardinera, y entonces lo vi. Un taxi blanco se aproximaba. No era negro como la mala suerte ni rojo como la sangre. Sentí alivio cuando le pedí la parada e hizo el amague de detenerse. Pero no frenó hasta cinco o seis metros después. Se me va a pelar, pensé. Antes de que arrancara abrí la puerta trasera, metí a mi hija y luego yo salté dentro. Y ahí estaba. Mi pesadilla materializada. En cuanto subí supe que había cometido uno de los peores errores de mi vida. Todavía ni le había visto la pinta, pero ya sospechaba qué clase de sujeto era. Me llegó el patadón. El morro olía a sangre seca. Era moreno. Enflaquecido por la droga. No debía tener más de diecisiete años. Iba hasta el culo. De piedra, coca, mota. De todo. Mi hija estaba despierta. Y el ojete nos venía espiando por el retrovisor.

Me reí de nervios para mis adentros. Si antes había pensado que estaba asustado, no tenía ni puta idea de nada. Ahora sí que el pánico me taladraba. Ese morro era la “Mula”. O uno de su tipo. Una especie de chamaquito empleado por el narco como desmembrador. Un informante, ex policía municipal, me había contado sobre estos carniceros de barrio pobre. Se ponían a fumar pintos, soda con mota, o crack, y decapitaban a sus enemigos a cuchillazo limpio. Nada de técnicas sofisticadas. Cables, espadas o mamadas de esas. Destace al estilo marranero. Según el informante, él había presenciado una exhibición de la “Mula”. El morrito había descabezado a tres de un tirón en una finca de Francisco I. Madero. “Los Zetas con eso pretendían ofuscarnos”, me dijo. “Esto es lo que les va a pasar a todos los que no se alineen, nos amenazaban”.

Lo que más me había sorprendido del relato del informante no era la frialdad o la saña para matar del morro, era que bien loco se ponía a hablar con los muertos. “Les platicaba, cuando ya todos nos retirábamos, se sentaba en el piso y les dialogaba”. Qué puta locura. A esa edad era para que todavía jugara a las canicas, no tirándole netas a los cadáveres que fabricaba. Sus dueños los ostentaban como se presume a un gallo de pelea. Pero en lugar de encerrarlos en una jaula los premiaban dejándolos salir a hacer desmanes a la calle. En una yonka, un taxi o cualquier carro. Y sin duda eran responsables, en parte, de tanto desaparecido. Qué podía anhelar un batillo así, me preguntaba. Salir a la calle como un azteca a arrancar corazones y cabezas.

Cuando recorrimos tres cuadras, me percaté de que no traía taxímetro. Le di la dirección y le pregunté cuánto me cobraría. Yo trataba de actuar normal. De hacerme pendejo. Pero él sabía que yo sabía que andaba hasta la madre. El güey iba callado. Pero si hubiera hablado tampoco habría sido una buena señal. “Mil pesos”, me dijo. Y soltó una risa enferma. De hiena. Luego una carcajada macabra. Lo decía en serio. En ese momento se me desprendió el culo y fue a dar hasta el suelo. No me vi en el espejo, pero seguro me puse lívido, porque el cabrón continuó con su pinche risita. El viaje no costaba más de treinta pesos. Le habría dado cien, doscientos. Los mil. No los traía, pero podía sacarlos del cajero. Pero lo que temía es que esos mil fueran en realidad un pretexto para desatar algo que no podría pagar. No con dinero.

No le contesté. Suelo ser aguerrido con los choferes. Pero era obvio que ese escuincle no se dedicaba a eso. Se me removieron las entrañas bien culero. En lugar de pensar qué debía hacer, comencé a acordarme de cuando me enteré de que sería padre. En esa época yo estaba atravesando por un apasionado romance con la cocaína. Y todas las noches llegaba a la casa a punto del paro cardíaco y me acostaba a esperar lo peor. Juraba que si conseguía librarla, al día siguiente me desengancharía. Y veía el amanecer con el teléfono en la mano para, en caso de ser necesario, llamar a la Cruz Roja. Y sobrevivía. Pero no mantenía mi promesa. Al día siguiente hacía lo mismo. Así estuve una temporada. Hasta que nació mi hija y hacerme cargo de ella fue lo que me rehabilitó.

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Comentarios (6)

Mostrando 6 comentarios.

LA IMPOTENCIA DE VIVIR EN UN PAIS DONDE LOS RELATOS YA NO SON  DE FICCION  Y SE VUELVEN UNA REALIDAD.

Si yo senti impotencia ante este relato inmaginate ese compa

buena muy buena

Que relato tan mas cabron! Me gusto

Esos de sexto piso ...estan rifando.

LA PURA PUTA VERDAD MI TOWI,HAY QUE CONTARLA ,  FELICIDADES  ¡¡¡¡

Chingón! Me gustó mucho la forma... el fondo, pos a quien le gusta? Es lo que es, nomás.

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